Acabar con todo

Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.

Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.

Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.

Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.

Octavio Paz

CAMPO NUESTRO

En lo alto de esas cumbres agobiantes
hallaremos laderas y peñascos,
donde yacen metales, momias de alga,
peces cristalizados;
pero jamás la extensa certidumbre
de que antes de humillarnos para siempre,
has preferido, campo, el ascetismo
de negarte a ti mismo.

Fuiste viva presencia o fiel memoria
desde mis más remota prehistoria.

Mucho antes de intimar con los palotes
mi amistad te abrazaba en cada poste.

Chapaleando en el cielo de tus charcos
me rocé con tus ranas y tus astros.

Junto con tu recuerdo se aproxima
el relente a distancia y pasto herido
con que impregnas las botas… la fatiga.

Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido?
hasta encontrarlo dentro de uno mismo.

Siempre volvemos, campo, de tus tardes
con un lucero humeante…
entre los labios.

Una tarde, en el mar, tú me llamaste,
pero en vez de tu escueta reciedumbre
pasaba ante la borda un campo equívoco
de andares voluptuosos y evasivos.

Me llamaste, otra vez, con voz de madre
Y en tu silencio sólo halló una vaca
junto a un charco de luna arrodillada;
arrodillada, campo, ante tu nada.

Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo,
te me vas, despacio, para adentro…
al trote corto, campo, al trotecito.

Aunque me ignores, campo, soy tu amigo.

Entra y descansa, campo. Desensilla.
Deja de ser eterna lejanía.

Cuanto más te repito y te repito
quisiera repetirte al infinito.

Nunca permitas, campo, que se agote
nuestra sed de horizonte y de galope.

Templa mis nervios, campo ilimitado,
al recio diapasón del alambrado.
Aquí mi soledad. Esta mi mano.
Dondequiera que vayas te acompaño.

Si no hubieras andado siempre solo
¿todavía tendrías voz de toro?

Tu soledad, tu soledad… ¡la mía!
Un sorbo tras el otro, noche y día,
como si fuera, campo, mate amargo.

A veces soledad, otras silencio,
pero ante todo, campo: padre-nuestro.

Oliverio Girondo

CREÍA YO

No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

Macedonio Fernández

DICOTOMÍA INCRUENTA

Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.

Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.

Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.

Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

Oliverio Girondo

.Nota VI

me pregunto qué sería
de la belleza de Rodolfo ahora/
esa belleza en vuelo lento
que le iba encendiendo ojos/
esta vez que nos derrotaron
por soberbios y ciegosordos/
pero tal vez sí volaría/

o volaría triste triste
corriendo el mundo con la mano
para mostrar los compañeros
que cayeron por la belleza

Rodolfo escribió esto en mí.

Juan Gelman

Acá mandan las divinas


Invierno: botas altas, estilo polo, pantalones de vestir (sobrias) o una cuota de underground bajo el jeans, cartera en juego y boquitas pintadas. Verano más casual, pero no por eso menos shic: un kilo de hojotas de miles de colores irán al tono de una variedad de remeras y faldas, y adornos, y demás yerbas que las contrapone al mundo de las reas.
“Es preciso haber sacrificado muchas cosas al buen gusto; haber hecho y haber dejado de hacer muchas cosas por amor al buen gusto (…). Es preciso haber preferido la belleza al beneficio, a la costumbre, a la opinión, a la pereza. El arte es el gran estimulante de la vida (…)”, propone Frederic Nietzsche en “El ocaso de los ídolos”.
¿Pero qué se esconde detrás de estos perfiles amalgamados en santa presencia? Sí, lo que todo el mundo piensa: en sus tibios corazones en busca de razones y amores, hay una gran tristeza. Como la del payaso, que, en su afán de hacer reír, la tragedia invade su más profunda intimidad.
Pero detengámonos en el eterno mundo del consumismo mismo del ser mismo. Y propongámonos que nuestro sueño no se haga realidad. Es que, al salir con una de estas elegantes mujeres, ingresaríamos (como por un tubo) al mismo reino de la perdición económica, sucumbirían nuestros bolsillos y la mera realidad; finalizarían nuestros tiempos en los tiempos del pan duro y el mate cocido preparado infinitas veces por la misma yerba recalentada.
¿Y por qué estaríamos dispuestos a este tipo de sacrificio? Porque –otra vez- según nuestro citado filósofo: “El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse”. Y allá vamos nosotros, en busca de la llama eterna. Del sacrificio craneal por la mera sensación de la tibia levedad del ser. Sucumbir entre sus piernas, regodearnos de su belleza y adentrarnos en la eternidad de lo vacío. También es nuestro desafío. Claro está: siempre con el objetivo de no extinguirse.
Y sus sueños están minados de cargas explosivas, de posibilidades inconclusas, de reinados convertidos en meros premios a la elegancia o a la simpatía. Y, golpeadas mil y una veces por el cruel mundo de la estética, se propondrán a la metamorfosis. A la sensación de lo real. Al mundo de “lo que es por lo que es” y no tanto por lo que se arma detrás de las armas de un neceser cargado de pinturitas.
Y allí conquistarán los más variados horizontes. Se adentrarán en el mundo de lo empresarial, atenderán una verdulería, profesarán la sensación de la carne fría en un frigorífico, tendrán la esperanza de salir del pozo en la caja de un supermarket. Estudiarán, tendrán su título pegado a la pared, se enlodarán en lo turbio de las calles oscuras, revivirán cada mañana con la necesidad del fin, de lo terminado, del éxodo del ser del ser mismo. Ahí, en el mundo de las reas. Hasta que se les dará.
Y finalmente otra vez las invadirá la necesidad de sacrificado de muchas cosas por el buen gusto. Y se pondrán sus botas altas, montadas en sobriedad. Y los hombres, otra vez, caerán rendidos a sus pies. Y tendrán todo, todo lo que siempre han tenido, perdido y vuelto a encontrar. Salvo la eterna juventud. Y otra vez terminarán vacías, con sus tibios corazones en busca de razones y amores. Mientras tanto, acá mandan las reas.

Siete minutos, seiscientos mil metros y una whiskería

“Maneje con cuidado. No sobra ningún habitante”. Ahí me di cuenta que la cosa venía en serio. La despedida en Lincoln había sido un sin sabor. No hubo amores en los muelles sacudiendo pañuelos blancos, ni niños de mocos secos llorando por la partida de su mejor ejemplo: Sólo lluvia, dos compañeros de ruta, cuatrocientos pesos, un tanque lleno, un termo con agua –tiempo después descubrimos que estaba fría- y un mate recién lavado.
Destino uno: Río Cuarto. Desde el comando ya nos habían habilitado la hoja de ruta y allá fuimos Diegol, Palito y yoly. Pero… (Siempre hay peros en la historia… siempre) la torre de control llamó en medio de la tormenta y modificó las cosas: “Muchachos, cagamos fuego… hay que ir a Córdoba”, dijo una voz en el teléfono mientras esquivábamos inmundos cráteres tapados de bosta y agua.
Arriba del submarino con ruedas nadie se animó a hablar durante los primeros 50 kilómetros. De vez en cuando se atinaba a decir un chiste, pero el silencio y la tormenta asesinaban las palabras del precoz improvisado.
Hasta Vedia todo fue muerte y lluvia y pozos de a montones. Luego fue igual, pero con más lluvia. Nuestro primer cheking fue Teodelina, lugar donde llegamos y nunca supimos cómo salir, salvo por la ayuda de la casualidad y las generosas prostitutas que inundaban la vera del camino.
Esta localidad santafesina tenía un color especial. No había nada, sólo gigantescas whiskerías con mujeres que fuman cigarros largos, de voces roncas y melodías atrayentes como cantos de sirenas. “Y si no vamos nada a Córdoba y nos quedamos con las minusas”, dijo el degeneradito que iba en la par te trasera –y en cada una de nuestras cabezas- “Reventamos los cuatrocientos mangos acá y después decimos que nos robaron” –propinó como queriendo convencernos-.
Igual nos fuimos, con ganas de quedarnos. Un paisano que atendía una gasolinera de mala muerte nos indicó el camino: “Paisa, por dónde vamo a Córdoba”, le preguntó Diegol. Y éste, mientras pitaba una pipa tallada con forma de calavera dijo: “Es fácil, retoman por ‘esta’ (señalando su entrepierna), de ahí llegan a La Carlota, de ahí a Villa María y pum… van a Córdoba como por un tubo”.
Salimos anchos, con el termo cargado con agua hirviendo y con el camino un poco más claro. Atrás quedaron las putas y el deseo de hacer nuestro ese antro. Ahora buscábamos a una tal Carlota. Lugar donde llegamos un par de horas más tarde, luego de soportar los avatares de una incesante lluvia, un camino de serpiente, camiones, y la oscuridad de la muerte que parecía próxima en cada metro. Lógicamente nos volvimos a perder. Pero la salida en La carlota fue más rápida que en pueblos anteriores. Ahora teníamos que llegar a Villa María, pero en la búsqueda pasamos por Villa Cañás (e inevitablemente se me vino a la cabeza el dinosaurio de Mirtha Legrand y una mesa llena de inefables). Cuatro horas más tarde estábamos en esa ciudad: Paramos a cargar nafta en una estación de servicio y a fumar unos cigarros de tabaco, cuando una mujer (ya con el graciosísimo acento cordobés) comenzó a gritarnos: “Se me prenden los censores… se me prenden los censores” (léase con tonada) y nos hecho del lugar. Ese fue nuestro arribo incipiente a los márgenes de Córdoba.
De ahí a la autopista con los párpados que se hacían cada vez más pesados. Seiscientos kilómetros más allá de Lincoln arribamos a la ciudad de los ferneses con graciosa, de las mujeres bellas y de los tres colores: “Amarillo patito, verde botella y negro culiao”. Para ese entonces, los tres ya hablábamos con tonada perfecta, ya que la comenzamos a practicar ni bien subimos al submarino terrestre.
Luego de seis horas de viaje, seiscientos mil metros, putas, caminos ásperos, tormentas, vientos huracanados, y de la búsqueda interminable del punto final, arribamos al lugar exacto donde debíamos recoger el paquete que fuimos a buscar.
Llegamos, cargamos y nos fuimos. Tardamos exactamente siete minutos con treinta y dos segundos. Ahora hasta Lincoln sólo nos separaban unos nuevos seiscientos kilómetros de vuelta, más lluvia, un túnel de tierra que nos invadió por más de diez kilómetros, la caminera, un tipo de un puesto de naranjas que nos dio mal el camino y la generosidad de las putas que una vez más debimos esquivar para traer cuatro bultos cargados con la más preciada información.

Cambiar PLACERES por placer

Hay, entre muchas pequeñeces de la vida, algunas que tienen más preponderancias que otras y, según su grado de complejidad, generan mayores placeres.
Es cierto que el mundo globoludizado nos propone grandes momentos para pasar nuestro día, alienados con la parafernalia de los grandes culos y las peleas de los altos referentes del ambiente pseudo cultural.
Los videos porno/cuidados/artísticos de las famosas de momento constituyen, en la era de la fugacidad, un espacio trascendental en la formación de opinión pública y en el goce de la inquietante cabeza del ser humano.
Los programas que analizan los mismos programas que muestran los culos y las peleas de los altos referentes del ambiente pseudo cultural en el mundo globoludizado, tienden a proponernos una sola idea que, en definitiva, nos redirecciona el placer y nos hace olvidar de aquellos verdaderos elixires que nos provoca una alquimia general entre cuerpo y cabeza.
Hete aquí el meollo de la cuestión: dejamos los placeres corporales, los tangibles, por aquellos que nos proponen otras cabezas y que, en definitiva, están fuera del alcance de nuestras manos.
Atrás, muy atrás en el tiempo, fueron a parar los mecanismos autosatisfactorios o aquellos que son realizados de a dos. Hoy mecanizamos ese pensamiento hacia la multimediatización y la falta de ganas creada, mejor llamado “para que lo voy a hacer yo, si total lo hace otro”. Pero lo que no logramos entender es que al desprendernos de esa responsabilidad, perdemos la conciencia de lo real.
Desde tiempos inmemoriales rascarse “los songos de las patas” con el borde de la pata de la cama determinaba un grado de éxtasis elevado, casi comparado al orgasmo, al coito propuesto por el rose de los sexos.
Y no seamos fayutos. Llegar corriendo de la calle, entrar desesperados al baño sacándonos a los saltos las zapatillas-botas-zapatos, meter las patas en agua tibia y luego rascarse el hongo introduciendo el dedo índice de la mano entre el dedo menor de las patas (porque siempre ahí se hace hongo), siempre fue una sensación preponderantemente descomunal, aliviadora y estimulante. Pero, por sobre todas las cosas, de un contacto genuino entre el estímulo de nuestra cabeza y el proporcionado por el tacto.
Vayamos, pues, a otro ejemplo. Pero esta vez que sea conjunto. Que nos demarque la tarea realizada de a dos. Que nos proponga ver que antes, cuando uno no podía con algo, estaba siempre otro para tendernos una mano.
Es insoportablemente torturante la idea de que nos pique una parte del cuerpo a la que no podemos llegar con nuestras manos. Por lo general ese lugar es el medio de la espalda, punto al cual nuestras extremidades difícilmente alcancen en su intento desesperado de acabar con la insondable molestia. En la desbordante necesidad de saciar la picazón, llegamos a los extremos de arrastrarnos contra las paredes, ir en busca de una puerta para frotarnos contra el marco o darnos la biaba en el pestillo del picaporte; usar la misma espumadera con la que colamos las papas fritas para frotárnosla en el lugar erróneo también es un punto desacertado.
Pero al fin llega la caballería para derrotar la roncha. Un amigo, amiga, vecino de confianza, amor clandestino, o nuestro padre/madre/tutor siempre tiene la solución al alcance de su mano. Y ahí es el momento de otra nueva tarea. Quizá más lúdica. “Más arriba. Más. Un poco más. A la derecha, a la derecha. No, no, a mi derecha… ahí, ahí, ahí, ahí”, constituye una de las frases universales más utilizadas por el homo y que perdieron el valor antes la multimediatizacón de las cosas que, inclusive, nos cortó la posibilidad de que una roncha sea verdaderamente una roncha.
La inmoralidad del mundo globoludizado nos convirtió en seres fríos, frívolos, vacíos de contenido corporal, e insensibles ante las cosas que antes nos llenaban de placer. Incluso la inmoralidad se ha perdido y vuelto mortal y nos ha llevado al extremo: hoy uno piensa perder diez centímetros de tripa y no un amigo, cuando verdaderamente lo que importaba antes, era tirarse un buen pedo. Sigamos mirando TV.

Etiqueta negra

No hay tiempo para hacer tiempo y esperar a que el tiempo se proponga como algo que pasa y que deja su marca. No existen razones, pensó, mientras frunció el seño en la pesadumbrosa tarea de arrastras una barcaza sobre el fango, en compañía de una silenciosa compañía que cumplía su rol eterno de llevarlos hacia un lugar más tibio, quizá.
Sobre los costados, las paredes de las viejas casonas mostraban el pasar de las horas en sus musgos, que se desprendían como las manos de un monstruoso viejo putrefacto, que pretendía llevarlos a su interior, para intentar aplacar el olvido y la dejadez del tiempo que pasa sin más tiempo que pasar.
La senda implacable y estrepitosamente pesada, le proponía el castigo de la fuerza en la cerrazón.
Por delante, una voz minúscula pero arrasadora, usaba su lengua como un sable mientras se reía y nos apuraba… Vestida de un negro inconfundible, con sus manos dirigía la batuta de una banda de sonido de una obra magnífica del terror. Su voz era como el canto de una sirena.
Esbelta, con habida simpatía y crueldad, movía su pelvis al ritmo de la barcaza, que se hundía en la esperanza de seguir avanzando, en un fango que se volvía aún más denso con el correr de los segundos, minutos, horas (el tiempo).
¡Allá está la salvación! grito un compañero con sus ojos trasparentes, sin emitir sonido. Porque nadie hablaba, excepto la guía inconfundible de figura espigada y lúgubre.
Una inconfundible oscuridad se apoderó del entorno. Más negro aún que la sensación del resguardo. El tiempo le marcaba la madurez de una fruta próxima a caer de su árbol y morir en las manos de la degradación y la desesperanza por ver pasar a un recolector, que jamás se apiadará de lo viejo, de lo pasado, del tiempo sin tiempo.
Una poderosa sensación lo inundó de proa a popa. La intranquilidad por la paciencia de su compañía explotó como una bomba en su cabeza y se arrojó a la tiniebla. Ya no había destino tibio. Pensó que el tiempo era una urna en donde se deposita más tiempo y no estaba dispuesto a perder ni un segundo más.
Por primera vez pudo ver la cara de la inconfundible mujer. Pálida, de rasgos marcados por el consuelo, abrió su boca y dejó salir el silencio como sentencia final.
Dentro del fango, movía sus manos intentando no hundirse, sin perder de vista esa cara, imagen que lo acompañó los minutos siguientes. Debajo de sus pies el suelo no existía ni existió jamás. En lo hondo del camino, avanzando hacia abajo pero a la eternidad, encontró su lugar impoluto, donde el tiempo no transcurre. Donde los minutos no pasan sin la tibia sensación de no haber perdido ni un minuto de su lucha incansable. Allí, donde las letras corren sin esperar que nadie las venga a buscar.

Donde duermen mares de sales

Perenne, en la amalgamada inocencia de la oscuridad mustia, acomodaba los mares de sales en un pañuelo que, impolutas, se desprendían de su piel aterciopelada, aferrada a un tiempo que pareció nunca demostrar el descascare de la candidez, y el perfecto apego a la necesidad de sentirse completa.
En el mismo sendero circulaba su vida, en un eterno camino de inolvidables oportunidades perdidas, donde sólo había luz verde para la cotidianeidad que la convertía, luego de la noche, en hija, madre, esposa y trabajadora.
De la cama a la cocina, de la cocina a la habitación de sus hijos, de allí otra vez a la cocina, y una vez más a la pieza donde la hipocresía dormía con aires de amo de hogar. A paso lento y descontinuado iba de un lugar a otro, juntando los harapos que la cubrirían antes de ir al reducto donde el maltrato de las órdenes parecían casi los mismos que el de su habitación.
Juntando sales de mares en lágrimas que no explotaban jamás, descubría que ella era su salvación y a la vez su corona de espinas. Manteniéndose acorazada, desplomaba sus fuerzas a fuerza de voluntad, hundiendo sus sienes con los pulgares, masajeando sus párpados con el reverso de su mano y apretando su garganta para no deplorar en cánticos miserables, ante otras miserables mujeres.
Jamás renunció a ser esa maravillosa mujer que, a los 18 años, dejaba sin un centímetro de aire en los pulmones a los jóvenes del barrio. Jamás lo hizo porque el paso del tiempo no desestimó un envase que por dentro estaba vacío, pero que por fuera era de angelical presencia.
De una belleza inexorable, su cuerpo se cubría de una suave piel tersa, bajo un halo de inconfundible fragancia a jazmín. Sus manos, sus largos dedos, acompañaban las caricias que se escondían entre mis cabellos, que una vez supieron ser castaños y que hoy se tiñen de un plateado sin brillo, pero sintiendo cada una de sus idas y vueltas que tornábase vida en un silencio muerto, impuesto de raíz.
En la explotación de la vida, ese, justamente ese lugar corrido del margen, era nuestro refugio. El túnel de escape hacia otra dimensión. Donde la opresión y el desasosiego se desplomaban en una mugrosa habitación que ni las ratas mismas querían compartir. Pero en la oscuridad misma, esa que cierra los ojos para que el negro dolor se sienta más aún, la libertad se proponía como una situación inexplicable, como una profecía de antaño que se cumplía una y otra vez para morirse en la eterna espera de una nueva señal.
El ritual cambiaba con cada encuentro. Nada de lo que hacíamos era igual o parecido a la vez anterior. Pero en esa oportunidad no quisimos amarnos. Esa vez nuestros cuerpos no profesaron la necesidad de ser uno, en una simbiosis de temblores y gritos que provenían de otros cuerpos. Esa vez una ventana fue testigo del desgarro de nuestras gargantas, que gritaban en silencio eso que estaba por venir. Eran las cinco de la tarde. El sol de la primavera teñía el colchón de un amarillo ocre y proponía un matiz distinto en la habitación. Estaba sentado en una vieja silla, con los pies en el marco. Ella sobre mi regazo apreció las sombras de lo urbano, mientras su mano derecha continuaba su interminable recorrido por mi nuca.
Pasaron las horas y la palidez de la luna ahora nos mantenía en el mismo lugar, pero bajo un color transparente, deslucido, que propiciaba el final. Jamás se anunció una palabra. En una lucha inquebrantable por mantener el mutismo que nos cobijaba, vi romperse las paredes que contenían la desazón y una eterna lágrima murió en su rostro. Eyectada por una fuerza exterior levantó su cuerpo, me besó en la boca, me acarició con ternura, exhaló el último resabio de mi perfume, se vistió y nunca más volvió.
La vi salir y perderse por el mismo sendero por donde circulaba su vida, en un eterno camino de inolvidables oportunidades perdidas, donde sólo había luz verde para la realidad que la convertía, luego de la noche, en hija, madre y esposa de la eterna cotidianeidad.

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