Catalina

embarazo

La noche anterior, en alabanza a los cuerpos y a mi humilde expresión de deseo, me dijo: “las palabras no son lo mejor para estar desnudos”, y me besó la frente.


Apenas las primeras luces de la mañana comenzaban a entrar por las hendijas de la ventana. El tenue color trigo del sol se hacía notar entre los ácaros esparcidos por el aire de la habitación. Su cuerpo desnudo a contraluz, contorneaban una nueva figura. Curvas renovadas en una piel que hacía un tiempo empezaba a metamorfosearse. Placida, en su entorno, sentía la vida en su suspiro y las sábanas acariciaron su desnudez una vez más.
A mi me despertó su pesado andar, a gusto, y sus primeras palabras para consigo misma. Al borde de la cama, sus brazos se estiraron para dejar atrás, definitivamente, la pereza. Su piel, sin traje aún, se reflejó entre los halos de luz que descubrieron su tenue palidez, que a su vez dejaron ver las marcas del cambio. Ya sus caderas tornábanse amplias, milimétricas, justas y en flor, esperando el momento, acomodándose, toda, para liberar la creación.
Todavía se sentía en el aire el espeso hedor del calor mezclado con encierro. La humedad ya no cabía en la calle, en el cielo, en el suelo. Por eso se filtró y se notó en las paredes, por eso desbordó en mi frente como gota. Sobre la cama, también desbordada, todavía sobrevivía el calor de sus palabras. La noche anterior, en alabanza a los cuerpos y a mi humilde expresión de deseo, me dijo: “las palabras no son lo mejor para estar desnudos”, y me besó la frente.
Mientras la transpiración terminaba de rodar por mi sien, descubrí que me dormí y desperté de la misma forma. Con mi mano en su contorno prominente. Ese lugar incierto donde se amalgama su ser con el mío.
En la cocina ya había luz de mañana. Se sintieron los primeros ruidos de la cotidianeidad. Los vasos y los platos retornaban a sus cajones, mientras despertaban y salían la yerba, el azúcar y el mate. Sentí fastidio cuando los murmullos de la tele se convirtieron en nuestra compañía. Mi despertador no había sonado, ni lo haría. Hacía tiempo ya que era ella la que me amanecía como madre. Como lo haría hoy y siempre, por más que la existencia me corriera de su lado.
Al otro extremo de Fernando Birri, pienso que estoy viviendo, porque abrí los ojos y vi la realidad. Esa enigma, flaca y gruñona que se fue de espalda a preparar el desayuno, que en su dorso porta un lugar de vida apretada que mañana será libre.
Fuerte en su mano venía, firme, mi primer mate. La vi llegar y junté la respiración y entrecerré los ojos. Siempre me gustó jugar a que me despierta, auque ella ya supiera que no estoy dormido. En la mano venía mi primer mate, en su boca las palabras que no se dicen cuando se está desnudo, en sus pechos el alimento, en su vientre, entero, terso, amplio de luz, venía la vida.

Presidio

“Bue”, dijo antes de apagar la luz, como resignado.

“Bue”, dijo antes de apagar la luz, como resignado.


Se ató los cordones de las zapatillas cuarto veces en menos de quince minutos. Lo hizo una y otra vez. Siempre mal, para poder repetir la historia. Y renovó el ritual mirando para todos lados, cosa de tener vigilada las críticas sobre su rechazo a todo lo que venía. No es que lo fueran a cuestionar, sino que él se inventaba excusas para no llegar nunca a destino.
En la cocina lo esperaban los mates. Aquí también tenía sus excusas. Su mujer le tendió un verde, mientras él acomodó algunas cosas para llevar. Que estaban fríos, calientes, muy dulces o amargos. Todo era una queja a esa altura del día. Por la mañana el ritual era casi el mismo, salvo que la Pantera Rosa amenizaba un poco el dolor profundo de ese mal sentir, que le provocaban las horas siguientes.
Antes de salir para el presidio se lavó las manos. Como excomulgándose de su culpa. Las sintió más ásperas que de costumbre. Vio caer el agua por los surcos que la había dejado la tierra en los dedos y pensó que pronto debía curar sus heridas con alguna pócima en crema. O quizá con más tierra. Ya a esa altura daba lo mismo.
Para caer en la realidad, dijo como todas las tardes: “Bue”, sentiéndose humano otra vez. Sólo dijo “Bue”, como resignado. Saludó a Canito, quien lo miraba triste y más rengo que nunca mientras sacudía algunas pulgas en un rincón del patio, y silbando una zamba dulce y apretada entre los labios –la misma de siempre- dio marcha a sus pies emprendiendo viaje.
El loco estaba enfrente haciendo un in pass en su trabajo. Tomaba mates con su hijo el leñador. Algunas tardes “el santa” –como le decían casi todos en su círculo familiar- frenaba un rato. Otras, pasaba de largo, estirando el brazo como señal de saludo. Esta vez ni fu ni fa. Siguió camino pateando las piedras del mejorado.
Algunas pocas cuadras, muy pocas para “el santa”, lo separaban de cuatro horas –más otras cinco por la mañana- de interminable martirio. “Es como estar preso y tener la tobillera puesta. Te movés unos metros y listo. No te podes escapar”, dijo alguna vez queriendo explicar sus refunfuños de entre dientes.
Llegó cinco minutos antes. Sacó las llaves del bolsillo, destrabó el candado y abrió la puerta. De adentro salió el pesado aire de encierro. Ese mismo que el nombraba en su discurso interminable. A veces debía pasar casi una hora, varias páginas de un diario que ya había leído a la mañana, dos viejas que sólo iban a pedir fiado y una gitana que quería llevarse el negocio con unas pocas chirolas, para que ocurriese lo que, por lo menos, le quitaba el hastío de la espera: La llegada de la información pura y sin pulir. Comerciantes del lugar, algún vecino y un cliente que quiere enterarse, se quedaban en la esquina para refrescar cuestiones de barrio, males políticos, calles inundadas, robos y problemas de aspas.
Todo, todo, pasaba por el presidio. Y ese momento era cuando se le refrescaba la cabeza. Igual duraba unos minutos.
Pero esa tarde no pasó nada. Barrió un poco el local, corrió las bolsas de papa de un lado al otro, acomodó un cajón de tomates, limpió la lechuga. Casi reestructuró toda la verdulería con tal de pasar el tiempo. Que lógicamente, no pasó.
Un minuto antes de las nueve de la noche, ya tenía todo listo para volver a su casa. Cargó alguna fruta que más tarde le serviría de postre y como un misil, salió disparado de esa esquina, de esas cuatro paredes que por el momento le otorgaban la libertad condicional.
Caminó las dos cuadras hasta llegar a su casa. Saludó a Canito que estaba en la misma posición que la última vez que lo vio, entró, saludo por lo bajo a su mujer, comió, miró tevé, lavó sus manos, las vio heridas otras vez, se acostó, y pensó en lo mismo que pensaba todas las noches. “Bue”, dijo antes de apagar la luz del velador, como resignado.

Jazmín

El destino era irreprochable ante la avaricia del microscópico humano. Y lo entendió: Sobre el crepúsculo se sintió el jazmín.

El destino era irreprochable ante la avaricia del microscópico humano. Y lo entendió: Sobre el crepúsculo se sintió el jazmín.

Sobre el crepúsculo se sintió el jazmín. Todavía volvía y se frenó para que el aroma dulce lo inundara de raíz. El camino había sido un tanto difícil. El tiempo de espera corto y la respuesta clara. Por eso el fastidioso andar. Por eso frenó a sentir. A depurar su esqueleto de negros encontronazos con la vida. Olió fuerte el impregnante aroma y miró al cielo, buscando.
El entorno parecía lento. Duro ante la revolución de los verdes. Las campanas de la vieja iglesia dieron la hora oficial. Y las madres apresuraban el andar de sus incipientes mujeres, para evitar que el brazo de la noche robara la virginidad de sus hijas.
Los militantes bajaban las banderas y las milicias retornaban lentas a sus cuarteles. La mañana había marcado el ritmo de una agitada sociedad. Jóvenes idealizados pidieron ante un edificio sordo. Los funcionarios rieron, mientras perpetraban nuevos y estruendosos actos, donde enmascarados al fin, se encontraban planes de autoabastecimiento.
Por eso el jazmín vio el contexto. Por eso bañó la plaza de perfumadas notas acres, que desgastaban las mochilas cargadas de esperanzas de otros y apestaban los abroquelados sesos de los Homos funcionarios.
Y él no encontraba la vuelta. Apretaba el puño mientras olía el cielo inundado de sueños blancos. De amores perros. De vírgenes castradas. De luchas inconclusas.
Apretaba el puño y sólo sus pies marchaban sobre el sendero. La vieja plaza prendíase fuego por la caída de los ojos de Apolo, que marchaba en sueños al Olimpo de las noches.
Sólo meses separaban su cuerpo de la eternidad. Así lo hizo saber la ciencia, luego de una corta espera y una respuesta clara. Y el retorno había sido lento. El viaje largo. Y la vida estaba prendida de su nariz. Quieta. Sobre la plaza del pueblo. Entre la muerte de la convulsión cotidiana. Y la vio con tristeza. Y sorbió del néctar de la flor el elixir del “nunca olvidar”. Y pensó en su mujer. Sus manos tibias secándoles las lágrimas, besando su frente, arrodillada ante sus pies. Rogándole que no sea cierto. Y su retorno se hizo eterno. Y su vida estaba prendida a su nariz. Y vio el fuego de la tarde y se sintió bien. Y ya no había lágrimas para gastar. El destino era irreprochable ante la avaricia del microscópico humano. Y así lo entendió: Sobre el crepúsculo se sintió el jazmín.

Enter/entre

Y descorrido el velo del límite,
entre amazonas de grises sintaxis,
allí, en los anaqueles del todo,
la tecla en la nada va.
Mostrando el yo exhibicionista,
pútrido total,
buscando la complicidad de fétidas falanges
que se hacen con el descuajeringado de las letras.
Esas mismas que por fuera siempre van.

Wilson/Imprudente

Reuma

Todo era una copia exacta. Como dos mapas calcados, que sólo llevaban hasta el tesoro: un viejo cofre que contenía la muerte.

Todo era una copia exacta. Como dos mapas calcados, que sólo llevaban hasta el tesoro: un viejo cofre que contenía la muerte.

La muerte se hacía larga en la penumbra de la noche. El rocío entumecía sus articulaciones, recordándole el doloroso ardor que le provocaba su temprana enfermedad reumática. Contabalos días y las horas para dejar su cuerpo postrado en una silla de ruedas, mientras vaya a saber quién juntaría sus palabras y sus babas con un trapo viejo.
Las callejuelas de su pueblo eran las mismas de siempre. Ni la modernidad ni las promesas políticas de crecimiento sacaban de ella ese olor triste de lo gastado, de lo dejado atrás, de lo nunca acabado. Así lo veía, mientras zarandeaba sus manos para sacarse esa pesada sensación de cansancio y fracaso que le trasmitía su cuerpo.
Todas las noches iguales. Siempre oscuras, ni muy bellas ni muy tristes. A medias. Con un tono a mediocridad que se confundía entre la idiosincrasia local y su desgano por la vida. Ni los niños jugando en la plaza de noche –con todo el desprecio por el miedo y la oscuridad que hijos capitalinos perdieron hace mucho tiempo ya- podían encenderle un halo de luz a ese túnel que terminaba en el abismo.
Paró en un viejo bar y entró. Su interior era todo hedor, humo y alcohol. Igual que el bar. Los rostros de los aquerenciados borrachos eran lejanos, tristes, surcados por el tiempo que no había dejado espacio en sus facciones para un rastro más de existencia. Tosían todos a la vez, como expulsando sus últimos suspiros.
No atinó a sentarse. Pidió parado una cerveza fría con la boca apretada por un cigarro, mientras raspaba uno de los últimos fósforos que quedaban en la caja. Tocar el vaso helado le recordó que aún y por siempre, portaría ese maléfico y punzante dolor en cada uno de sus huecos.
Sintió como desde sus falanges recorría una puntada hacia su espalda, haciéndolo encorvar y dejándolo tieso, como todos los que se encontraban en ese lugar.
Por la ventana se veía todo. Desde sus tristezas cayendo por una gota de transpiración en el vidrio empañado, hasta las risas de las prostitutas -exhaustas de haber tenido una noche memoriosa para el bolsillo del fiolo-, pasando por las viejas solteronas que salían a la pesca, noche tras noche, en busca de una joven piel que tatuara en sus traseros la huella del deseo perdido en un amor inconcluso.
Y todo sabía a él. A dolor. A la vida que se estaba gastando de a poco. A la deformidad. Al tiempo que carcomía sus huesos, al igual que su gente carcomía su pueblo. Todo era una copia exacta.
Como dos mapas calcados, que sólo llevaban hasta el tesoro: un viejo cofre que contenía la muerte.
Juntó sus cosas de arriba de la barra –juntó las monedas que pensó dejarle al cantinero del bar como propina-, metió sus manos en ambos bolsillos de su abrigo y sacó sus vicios. Antes de tocar la vereda y esquivar las primeras putas que se le ofrecían y a las que miró con desprecio, encendió un nuevo cigarrillo.
Caminó y se perdió en la pesada noche que traía consigo un manto bajo de bruma. Sintió sus últimos dolores y giró hacia atrás para ver y preguntarse, quién juntaría sus palabras y sus babas con un trapo viejo.

Mirando por la hendija de lo cotidiano

1

Allá, en el mundo perfecto, donde nada se mueve. Está. Allá, revoloteando. Piensa y sirve. Sirve si piensa y se piensa sirviendo. Monstruos gigantescos intentan digitar su mundo. Dicen: “Has esto de una forma… mejor de otra. Siéntate. Siéntete. Siente lo que decimos que sientas. Ordena las ideas, hazte el mejor, o sólo hazte”. O quizás confunden: “Rompe esas paredes que te encierran. No te conviertas en eso que hoy somos. Sal, corre. Más rápido, más intenso”.
Mientras terminaba su última Oreo con café con leche, se vio más inquieto. Todavía con el pelo húmedo y el vapor en la piel del último baño acomodó sus cosas -como todos los días-, se sirvió el último sorbo y sin terminar de tragar cerró la puerta de calle. Subió a su corcel de lata –el de todos los días- y le dio cuerda a sus pies. La barranquera crujía, hacía rato que se había olvidado de pasar por boxes.
Siempre el mismo mapa –el de todos los días-. Siempre a Roma sin preguntar. Siempre, siempre, siempre. Sin paisajes, en un oscuro túnel de principio a fin, iba, como todos los días, sin demasiadas premisas.
Y allá, en el mundo perfecto, donde nada se mueve, lo esperaban las cosas que tiemblan. Que vibran. Allá, cada partícula explota en el aire y se une. Se exasperan, mutan, revientan y vuelven a hacerse una. Porque allá, donde nada se mueve, hay vida.
En realidad, todo ocurre pero es poco lo que se conoce. Cada vez menos. Piensa: El tiempo cura las heridas. Las cicatriza. Lo que no pudo ser durante años pretende conservar el sabor de lo perdido. Como esa nostalgia terrible de añorar lo que nunca sucedió.
Y sabe que de allá, se fueron todos los malos. Ahora el títere mayor al final es digitado (le llenaron la cara de dedos por matufia) y ni idea tiene de por qué ya la Criollita no sabe como hace cinco años. Claro, tiene algunos incisivos menos y un cuarto menos de lengua, a pesar de su eterna juventud.
Ya allá, ve, que el de menos intelecto, que parece recién llegado (quizás él, quizás todos), ceba mates y se le pide que derribe los muros de la libertad. Y esta “bestia del nuevo orden” se las agarra a las piñas con un tremendo Palo Borracho, que está en la placita de la calle Drago, cada vez que pega la vuelta. La realidad se confunde. No puede distinguirse cuál es cuál. Claro está: el borracho.
Allá, donde todo pasa sin pasar nada, está la vida. La que se deja en el estar y andar. Allá, donde la vida cruje de seca, se humecta y se tersa como la más suave piel de una amada, al ritmo de la nada misma. Y se hace bella. Y se hace todos los días de la vida, por el túnel oscuro, por el paso sin fin, por el palo borracho de la calle Drago. Yéndose siempre, y volviendo por el mismo camino de todos los días.
Allá, desde acá, todo parece más fácil.

Con aires de Zitarrosa

Y dentro de la bolsa iba la vida
Y dentro de la bolsa iba la vida
Me estaba terminando de sacar la mufa con un baño cuando la puerta del frente sonó dos veces. Casi al unísono un fuerte frío corrió por mi espalda. Y como si supiera, grité que estaba abierto.
Era la muerte vestida de terciopelo que venía a justificar su estadía por estos desolados pagos. Me dijo, desde la cocina, que había venido antes de lo pensado. Me dijo, mientras ponía la pava para tomar unos mates.
Me miré un par de veces al espejo aún empañado. Me peiné con la mano derecha, al tiempo que con la izquierda limpiaba el vidrio. Tardé un rato en darme cuenta que mi hospitalidad estaba por el suelo, justo con el invitado más importante.
Abrí la puerta del baño y el vapor se escapó entre el silencio de la antesala. Le mencioné, mientras de espalda a ella buscaba un atuendo para la ocasión, que hoy lo quería con un poco de azúcar. Ya había reparado en eso y me exhortó a que me quedara tranquilo. Ella ya lo tenía todo planeado.
Sentí su voz tirante. Y –con duda- le pregunté qué era lo que la tenía molesta. Me dijo que el último en visitar había estado escuchando a Zitarrosa. Y justo cuando llegó la góndola, una canción la mencionaba.
-¿Y qué es lo que le molesta?, retruqué.
Vi cómo acomodaba una silla, se levantaba un poco la vieja levita –ya gastada de tanto arrastrarla por la eternidad- y apoyaba los codos en la mesa de la cocina.
Nunca antes había visto a la muerte, por lo menos de tan cerca. Más sorprendido estaba de verla desolada. Apagada, diría yo. Su hoz no brillaba y sus huesudas manos parecían partirse de tanto que las apretaba.
Le grité que se le estaba pasando el agua. Saltó de la silla y puteó en voz baja, mientras llevaba en una mano la tablita donde apoyó la pava unos metros más adelante. Me pidió que me apure.
Yo estaba sentado en la cama atándome los cordones. Pronto, me encontraba frente a la muerte, agarrando un mate como nunca antes había visto.
En silencio cebó los primeros. Pero en un segundo comenzó a balbucear cosas que para mí eran incoherentes. Buscándola, le pedí que compartiera su angustia.
-¿Cómo yo voy a buscar entre las cosas de alguien? Soy la muerte, o a caso ¿Soy un ladrón?, gritó eufórica y con ojos enardecidos, mirándome fijamente en busca de una respuesta.
Sonreí tranquilo. Y quise tomarla del hombro. Pero un golpe al alma inundó mi vida. Sentí el peso de los desterrados. De los valores caídos. Sentí la muerte más presente entre sus cosas que entre las mías. Me creí frío. Finito. Eterno en un jardín de flores frescas y senderos que llevaban al centro del ser. Y sonreí. Y traté de explicarle, mientras sus rasgos se hacían largos y menos cautivantes, que a veces el hombre como el mejor prestidigitador, utiliza los artilugios de la palabra para decir lo que no se dice. Lo que está y lo que se niega. Le hablé de la metáfora, del oxímoron, de la letra y del que la hace. Y nada de eso entendió.
Siguió atada al peso del tiempo y a aquella melodía que la paralizaba cada vez que la recordaba, mientras sorbía el mate seco.
Le pedí que antes de irnos quería escuchar música. Encendí y dejé el disco de Miles Davis y me fumé un cigarro, mientras disfrutaba de una parca trémula.
Sacó un viejo reloj de arena. Lo sacudió un poco y me explicó que ya debíamos partir. Que no faltaba mucho para que el carro llegara a destino.
El polvo de la vida decía que el tiempo había tocado su clarín. Y la eternidad hecha vestiduras se levantó y apretó fuerte mi mano. Como en busca de alivio.
Salimos y la tarde aún era como la recordaba. Caminamos despacio y en su mano iba mi existencia y en mi boca un consuelo para la eternidad.
Finalmente miré para atrás y entendí. Allá, a lo lejos, dentro de una bolsa iba la vida. Hoy anduvo la muerte entre mis cosas y no se llevó nada.

Él, el globo y el hombre

 Estiré mis manos hacia la frente, como barquero avistando tierra, para poder ver más lejos. Apreté fuerte los ojos para intentar reconocer. Allá, como a cinco cuadras, venía saltando la vida.

Estiré mis manos hacia la frente, como barquero avistando tierra, para poder ver más lejos. Apreté fuerte los ojos para intentar reconocer. Allá, como a cinco cuadras, venía saltando la vida.

Era domingo. Salí a caminar con la intención de encontrar por fin esa ciudad que tantas líneas le dedicó Roberto Arlt en sus Aguafuertes. Esa ciudad que él denominó como una de las más resplandecientes de toda América. “El paraíso de los vagos”, como osó mencionarla con su perspicaz pluma.
Aún no lograba comprender cómo La Plata se evaporaba tanto un domingo. Dolía en los huesos al ver las anchas veredas vacías. Dolía como la muerte próxima, como la soledad de los abandonados.
Del sabor incomprensible de la vida pública al jardín de la fiaca. Ya ningún mozo era amable como los martes o los miércoles a media tarde. Ni un comerciante quedaba distrayéndose con sus propios carteles. Era la muerte hecha estructura. Era la quietud inmóvil y la fuerza asustada por el silencio.
En fin. Salí a caminar para descubrir que, nuevamente, no iba a encontrar nada.
Calles deslucidas. Inquietas de que pasen las horas para sentirse agobiadas por el peso del zapato. Cada seis cuadras –ni una más ni una menos- una plaza. En cada plaza el agonizante resplandor de existencia hecha madres e hijas y nietos y padres. Sólo eso. Y yo, salí a caminar.
A lo lejos, más allá de mis ojos un alma flotando, saltando y haciéndose ver.
En la sequía un oasis. Y yo apuraba el paso para encontrárme cara a cara con el elíxir de los dioses. La improvisación de mis pies en el apuro, hizo que una y otra vez descubriera que La Plata era la ciudad de las baldosas flojas –sin importar qué día fuera-.
Los saltos de la vida eran cada vez más altos. Más profundos. Y su caída, a cada paso, más suave. Junto a ella un disfraz. Una persona que – a mi entender- buscaba lo mismo que yo. Una respuesta a un domingo más. Pero con la suerte de llevar con él, la mina más linda del baile.
A dos cuadras lo vi con perfección: No era la vida. Sólo era un globo y un hombre. Gris como uno más, pero no. Porque había encontrado la felicidad en un bollo de goma inflada.
El hombre vestía trapos como cualquiera pero no le importaba. Como así tampoco la quietud de la más triste de las ciudades. No se quejaba y no lucía como yo, como cualquiera.
El venía solo y con su globo. Amarillo él –el globo-, sin piola que lo aten a su dueño. Con total libertad para escaparse con el viento -él y el globo-. Con total liviandad. Tanta como para no asustarse con las desafiantes ramas de los árboles -como yo-, que atinaban en su brazada cortar su suave y desprolijo andar.
Ya no hacía fuerza para observar. Las cosas pasaban a pocos metros. El hombre inflado, flotando, amarillo, como el globo. Pateando –el globo-, siendo y pasando. Él –el hombre-, suave, de andar desprolijo, como un niño, pasose frente a mí. Pateando el globo, suave, desprolijo. El globo junto a él –el hombre-, flotando. Los dos –el hombre y el globo- saltando, cayendo suave, como la vida, flotando. Yo, pasando junto a ellos –el globo y el hombre-. Sorbiendo despacio el sabor de la vida. Desprolijo, sin respuestas. Sin Arlt y en una ciudad vacía. Despojado de mis culpas, de mis miedos. De la soledad y de un domingo más en el vacío del cemento. Sólo, por haber encontrado al globo, al hombre y a mi.

En memoria de los que ya no lloran como el cielo

lluvia
Dicen: que la lluvia es el manantial de la vida. Dicen que no es un mero fenómeno atmosférico de tipo acuático que se inicia con la condensación del vapor de agua contenido en las nubes.
Según hablan las lenguas madres, cada gota trae consigo un inmenso mundo de recomposiciones y manifestaciones que a la vez reconfiguran el mundo donde nos movemos.
Que es pura energía que levanta a los muertos que el sol sepulta entre las capas de la tierra. Que es alivio para los que trabajan en los campos. Que es limpieza de los cielos impuros contaminados por almas que se cuelan al sagrado manto para enjuiciar a los crismas más bellos, y que son el producto de la depuración de un señor todo poderoso que los encierra en un rincón sagrado, con Atlas como único testigo, quien pasa sus días cantándoles sonatas admirables hasta que estallan en lágrimas puras, limpias, que terminan desbordando el azul celeste.
Dicen que la lluvia es la que hace cambiar las pieles de los desmembrados hombres agobiados por el sistema que los corroe y los lleva a la desesperación del vacío mismo, que los condena con noches interminables de insomnio.
Dicen que la lluvia es el nutritivo néctar de los suicidas. Que cansados de ser hombres ya sin piel y agobiados por el sistema que los corroe y los lleva a la desesperación del vacío mismo, que los condena con noches interminables de insomnio, terminan por ser sus propios jueces y verdugos.
Que es el tormento de los asesinos que ya no encuentran agua que purifique sus mentes, ni lave sus manos manchadas con sangre espesa y gritos ajenos. Que es la que los convierte en suicidas que por la lluvia beben el juicio y se ejecutan con el más nutritivo néctar.
Dicen que la lluvia es sólo lluvia. Que es agua que cae desde algún lugar de por allá arriba, donde no hay nada más que nada y de vez en cuando hay agua que se vuelca y se convierte en lluvia.
Que es un yunque que martilla en la cabeza de los escritores, que pueden sensibilizarse con un acto imprevisto. Como lo hizo Cortazar: “Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol / Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós”.
Dicen, dicen, dicen. Hoy escribo estas inútiles líneas en una habitación donde ya no caben más agujeros. Hay tachos por todos lados que hacen eco del suicidio de la lluvia que se hizo gota y se filtró por algún espacio de mi techo podrido. Para mí la lluvia es un tormento económico, que desde hace dos días me tiene de viaje en viaje en remis, mal gastando los pocos morlacos que cuento día a día, hora a hora, segundo a segundo. La lluvia es para mí, sólo un acto injusto que molesta, que se filtra, que desgarra cada una de mis articulaciones. Es el tormento que a su vez, liquida cada una de mis precisiones.