
La noche anterior, en alabanza a los cuerpos y a mi humilde expresión de deseo, me dijo: “las palabras no son lo mejor para estar desnudos”, y me besó la frente.
Apenas las primeras luces de la mañana comenzaban a entrar por las hendijas de la ventana. El tenue color trigo del sol se hacía notar entre los ácaros esparcidos por el aire de la habitación. Su cuerpo desnudo a contraluz, contorneaban una nueva figura. Curvas renovadas en una piel que hacía un tiempo empezaba a metamorfosearse. Placida, en su entorno, sentía la vida en su suspiro y las sábanas acariciaron su desnudez una vez más.
A mi me despertó su pesado andar, a gusto, y sus primeras palabras para consigo misma. Al borde de la cama, sus brazos se estiraron para dejar atrás, definitivamente, la pereza. Su piel, sin traje aún, se reflejó entre los halos de luz que descubrieron su tenue palidez, que a su vez dejaron ver las marcas del cambio. Ya sus caderas tornábanse amplias, milimétricas, justas y en flor, esperando el momento, acomodándose, toda, para liberar la creación.
Todavía se sentía en el aire el espeso hedor del calor mezclado con encierro. La humedad ya no cabía en la calle, en el cielo, en el suelo. Por eso se filtró y se notó en las paredes, por eso desbordó en mi frente como gota. Sobre la cama, también desbordada, todavía sobrevivía el calor de sus palabras. La noche anterior, en alabanza a los cuerpos y a mi humilde expresión de deseo, me dijo: “las palabras no son lo mejor para estar desnudos”, y me besó la frente.
Mientras la transpiración terminaba de rodar por mi sien, descubrí que me dormí y desperté de la misma forma. Con mi mano en su contorno prominente. Ese lugar incierto donde se amalgama su ser con el mío.
En la cocina ya había luz de mañana. Se sintieron los primeros ruidos de la cotidianeidad. Los vasos y los platos retornaban a sus cajones, mientras despertaban y salían la yerba, el azúcar y el mate. Sentí fastidio cuando los murmullos de la tele se convirtieron en nuestra compañía. Mi despertador no había sonado, ni lo haría. Hacía tiempo ya que era ella la que me amanecía como madre. Como lo haría hoy y siempre, por más que la existencia me corriera de su lado.
Al otro extremo de Fernando Birri, pienso que estoy viviendo, porque abrí los ojos y vi la realidad. Esa enigma, flaca y gruñona que se fue de espalda a preparar el desayuno, que en su dorso porta un lugar de vida apretada que mañana será libre.
Fuerte en su mano venía, firme, mi primer mate. La vi llegar y junté la respiración y entrecerré los ojos. Siempre me gustó jugar a que me despierta, auque ella ya supiera que no estoy dormido. En la mano venía mi primer mate, en su boca las palabras que no se dicen cuando se está desnudo, en sus pechos el alimento, en su vientre, entero, terso, amplio de luz, venía la vida.







