No hay tiempo para hacer tiempo y esperar a que el tiempo se proponga como algo que pasa y que deja su marca. No existen razones, pensó, mientras frunció el seño en la pesadumbrosa tarea de arrastras una barcaza sobre el fango, en compañía de una silenciosa compañía que cumplía su rol eterno de llevarlos hacia un lugar más tibio, quizá.
Sobre los costados, las paredes de las viejas casonas mostraban el pasar de las horas en sus musgos, que se desprendían como las manos de un monstruoso viejo putrefacto, que pretendía llevarlos a su interior, para intentar aplacar el olvido y la dejadez del tiempo que pasa sin más tiempo que pasar.
La senda implacable y estrepitosamente pesada, le proponía el castigo de la fuerza en la cerrazón.
Por delante, una voz minúscula pero arrasadora, usaba su lengua como un sable mientras se reía y nos apuraba… Vestida de un negro inconfundible, con sus manos dirigía la batuta de una banda de sonido de una obra magnífica del terror. Su voz era como el canto de una sirena.
Esbelta, con habida simpatía y crueldad, movía su pelvis al ritmo de la barcaza, que se hundía en la esperanza de seguir avanzando, en un fango que se volvía aún más denso con el correr de los segundos, minutos, horas (el tiempo).
¡Allá está la salvación! grito un compañero con sus ojos trasparentes, sin emitir sonido. Porque nadie hablaba, excepto la guía inconfundible de figura espigada y lúgubre.
Una inconfundible oscuridad se apoderó del entorno. Más negro aún que la sensación del resguardo. El tiempo le marcaba la madurez de una fruta próxima a caer de su árbol y morir en las manos de la degradación y la desesperanza por ver pasar a un recolector, que jamás se apiadará de lo viejo, de lo pasado, del tiempo sin tiempo.
Una poderosa sensación lo inundó de proa a popa. La intranquilidad por la paciencia de su compañía explotó como una bomba en su cabeza y se arrojó a la tiniebla. Ya no había destino tibio. Pensó que el tiempo era una urna en donde se deposita más tiempo y no estaba dispuesto a perder ni un segundo más.
Por primera vez pudo ver la cara de la inconfundible mujer. Pálida, de rasgos marcados por el consuelo, abrió su boca y dejó salir el silencio como sentencia final.
Dentro del fango, movía sus manos intentando no hundirse, sin perder de vista esa cara, imagen que lo acompañó los minutos siguientes. Debajo de sus pies el suelo no existía ni existió jamás. En lo hondo del camino, avanzando hacia abajo pero a la eternidad, encontró su lugar impoluto, donde el tiempo no transcurre. Donde los minutos no pasan sin la tibia sensación de no haber perdido ni un minuto de su lucha incansable. Allí, donde las letras corren sin esperar que nadie las venga a buscar.