Hay, entre muchas pequeñeces de la vida, algunas que tienen más preponderancias que otras y, según su grado de complejidad, generan mayores placeres.
Es cierto que el mundo globoludizado nos propone grandes momentos para pasar nuestro día, alienados con la parafernalia de los grandes culos y las peleas de los altos referentes del ambiente pseudo cultural.
Los videos porno/cuidados/artísticos de las famosas de momento constituyen, en la era de la fugacidad, un espacio trascendental en la formación de opinión pública y en el goce de la inquietante cabeza del ser humano.
Los programas que analizan los mismos programas que muestran los culos y las peleas de los altos referentes del ambiente pseudo cultural en el mundo globoludizado, tienden a proponernos una sola idea que, en definitiva, nos redirecciona el placer y nos hace olvidar de aquellos verdaderos elixires que nos provoca una alquimia general entre cuerpo y cabeza.
Hete aquí el meollo de la cuestión: dejamos los placeres corporales, los tangibles, por aquellos que nos proponen otras cabezas y que, en definitiva, están fuera del alcance de nuestras manos.
Atrás, muy atrás en el tiempo, fueron a parar los mecanismos autosatisfactorios o aquellos que son realizados de a dos. Hoy mecanizamos ese pensamiento hacia la multimediatización y la falta de ganas creada, mejor llamado “para que lo voy a hacer yo, si total lo hace otro”. Pero lo que no logramos entender es que al desprendernos de esa responsabilidad, perdemos la conciencia de lo real.
Desde tiempos inmemoriales rascarse “los songos de las patas” con el borde de la pata de la cama determinaba un grado de éxtasis elevado, casi comparado al orgasmo, al coito propuesto por el rose de los sexos.
Y no seamos fayutos. Llegar corriendo de la calle, entrar desesperados al baño sacándonos a los saltos las zapatillas-botas-zapatos, meter las patas en agua tibia y luego rascarse el hongo introduciendo el dedo índice de la mano entre el dedo menor de las patas (porque siempre ahí se hace hongo), siempre fue una sensación preponderantemente descomunal, aliviadora y estimulante. Pero, por sobre todas las cosas, de un contacto genuino entre el estímulo de nuestra cabeza y el proporcionado por el tacto.
Vayamos, pues, a otro ejemplo. Pero esta vez que sea conjunto. Que nos demarque la tarea realizada de a dos. Que nos proponga ver que antes, cuando uno no podía con algo, estaba siempre otro para tendernos una mano.
Es insoportablemente torturante la idea de que nos pique una parte del cuerpo a la que no podemos llegar con nuestras manos. Por lo general ese lugar es el medio de la espalda, punto al cual nuestras extremidades difícilmente alcancen en su intento desesperado de acabar con la insondable molestia. En la desbordante necesidad de saciar la picazón, llegamos a los extremos de arrastrarnos contra las paredes, ir en busca de una puerta para frotarnos contra el marco o darnos la biaba en el pestillo del picaporte; usar la misma espumadera con la que colamos las papas fritas para frotárnosla en el lugar erróneo también es un punto desacertado.
Pero al fin llega la caballería para derrotar la roncha. Un amigo, amiga, vecino de confianza, amor clandestino, o nuestro padre/madre/tutor siempre tiene la solución al alcance de su mano. Y ahí es el momento de otra nueva tarea. Quizá más lúdica. “Más arriba. Más. Un poco más. A la derecha, a la derecha. No, no, a mi derecha… ahí, ahí, ahí, ahí”, constituye una de las frases universales más utilizadas por el homo y que perdieron el valor antes la multimediatizacón de las cosas que, inclusive, nos cortó la posibilidad de que una roncha sea verdaderamente una roncha.
La inmoralidad del mundo globoludizado nos convirtió en seres fríos, frívolos, vacíos de contenido corporal, e insensibles ante las cosas que antes nos llenaban de placer. Incluso la inmoralidad se ha perdido y vuelto mortal y nos ha llevado al extremo: hoy uno piensa perder diez centímetros de tripa y no un amigo, cuando verdaderamente lo que importaba antes, era tirarse un buen pedo. Sigamos mirando TV.
16 ago
