Siete minutos, seiscientos mil metros y una whiskería

“Maneje con cuidado. No sobra ningún habitante”. Ahí me di cuenta que la cosa venía en serio. La despedida en Lincoln había sido un sin sabor. No hubo amores en los muelles sacudiendo pañuelos blancos, ni niños de mocos secos llorando por la partida de su mejor ejemplo: Sólo lluvia, dos compañeros de ruta, cuatrocientos pesos, un tanque lleno, un termo con agua –tiempo después descubrimos que estaba fría- y un mate recién lavado.
Destino uno: Río Cuarto. Desde el comando ya nos habían habilitado la hoja de ruta y allá fuimos Diegol, Palito y yoly. Pero… (Siempre hay peros en la historia… siempre) la torre de control llamó en medio de la tormenta y modificó las cosas: “Muchachos, cagamos fuego… hay que ir a Córdoba”, dijo una voz en el teléfono mientras esquivábamos inmundos cráteres tapados de bosta y agua.
Arriba del submarino con ruedas nadie se animó a hablar durante los primeros 50 kilómetros. De vez en cuando se atinaba a decir un chiste, pero el silencio y la tormenta asesinaban las palabras del precoz improvisado.
Hasta Vedia todo fue muerte y lluvia y pozos de a montones. Luego fue igual, pero con más lluvia. Nuestro primer cheking fue Teodelina, lugar donde llegamos y nunca supimos cómo salir, salvo por la ayuda de la casualidad y las generosas prostitutas que inundaban la vera del camino.
Esta localidad santafesina tenía un color especial. No había nada, sólo gigantescas whiskerías con mujeres que fuman cigarros largos, de voces roncas y melodías atrayentes como cantos de sirenas. “Y si no vamos nada a Córdoba y nos quedamos con las minusas”, dijo el degeneradito que iba en la par te trasera –y en cada una de nuestras cabezas- “Reventamos los cuatrocientos mangos acá y después decimos que nos robaron” –propinó como queriendo convencernos-.
Igual nos fuimos, con ganas de quedarnos. Un paisano que atendía una gasolinera de mala muerte nos indicó el camino: “Paisa, por dónde vamo a Córdoba”, le preguntó Diegol. Y éste, mientras pitaba una pipa tallada con forma de calavera dijo: “Es fácil, retoman por ‘esta’ (señalando su entrepierna), de ahí llegan a La Carlota, de ahí a Villa María y pum… van a Córdoba como por un tubo”.
Salimos anchos, con el termo cargado con agua hirviendo y con el camino un poco más claro. Atrás quedaron las putas y el deseo de hacer nuestro ese antro. Ahora buscábamos a una tal Carlota. Lugar donde llegamos un par de horas más tarde, luego de soportar los avatares de una incesante lluvia, un camino de serpiente, camiones, y la oscuridad de la muerte que parecía próxima en cada metro. Lógicamente nos volvimos a perder. Pero la salida en La carlota fue más rápida que en pueblos anteriores. Ahora teníamos que llegar a Villa María, pero en la búsqueda pasamos por Villa Cañás (e inevitablemente se me vino a la cabeza el dinosaurio de Mirtha Legrand y una mesa llena de inefables). Cuatro horas más tarde estábamos en esa ciudad: Paramos a cargar nafta en una estación de servicio y a fumar unos cigarros de tabaco, cuando una mujer (ya con el graciosísimo acento cordobés) comenzó a gritarnos: “Se me prenden los censores… se me prenden los censores” (léase con tonada) y nos hecho del lugar. Ese fue nuestro arribo incipiente a los márgenes de Córdoba.
De ahí a la autopista con los párpados que se hacían cada vez más pesados. Seiscientos kilómetros más allá de Lincoln arribamos a la ciudad de los ferneses con graciosa, de las mujeres bellas y de los tres colores: “Amarillo patito, verde botella y negro culiao”. Para ese entonces, los tres ya hablábamos con tonada perfecta, ya que la comenzamos a practicar ni bien subimos al submarino terrestre.
Luego de seis horas de viaje, seiscientos mil metros, putas, caminos ásperos, tormentas, vientos huracanados, y de la búsqueda interminable del punto final, arribamos al lugar exacto donde debíamos recoger el paquete que fuimos a buscar.
Llegamos, cargamos y nos fuimos. Tardamos exactamente siete minutos con treinta y dos segundos. Ahora hasta Lincoln sólo nos separaban unos nuevos seiscientos kilómetros de vuelta, más lluvia, un túnel de tierra que nos invadió por más de diez kilómetros, la caminera, un tipo de un puesto de naranjas que nos dio mal el camino y la generosidad de las putas que una vez más debimos esquivar para traer cuatro bultos cargados con la más preciada información.

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