
Invierno: botas altas, estilo polo, pantalones de vestir (sobrias) o una cuota de underground bajo el jeans, cartera en juego y boquitas pintadas. Verano más casual, pero no por eso menos shic: un kilo de hojotas de miles de colores irán al tono de una variedad de remeras y faldas, y adornos, y demás yerbas que las contrapone al mundo de las reas.
“Es preciso haber sacrificado muchas cosas al buen gusto; haber hecho y haber dejado de hacer muchas cosas por amor al buen gusto (…). Es preciso haber preferido la belleza al beneficio, a la costumbre, a la opinión, a la pereza. El arte es el gran estimulante de la vida (…)”, propone Frederic Nietzsche en “El ocaso de los ídolos”.
¿Pero qué se esconde detrás de estos perfiles amalgamados en santa presencia? Sí, lo que todo el mundo piensa: en sus tibios corazones en busca de razones y amores, hay una gran tristeza. Como la del payaso, que, en su afán de hacer reír, la tragedia invade su más profunda intimidad.
Pero detengámonos en el eterno mundo del consumismo mismo del ser mismo. Y propongámonos que nuestro sueño no se haga realidad. Es que, al salir con una de estas elegantes mujeres, ingresaríamos (como por un tubo) al mismo reino de la perdición económica, sucumbirían nuestros bolsillos y la mera realidad; finalizarían nuestros tiempos en los tiempos del pan duro y el mate cocido preparado infinitas veces por la misma yerba recalentada.
¿Y por qué estaríamos dispuestos a este tipo de sacrificio? Porque –otra vez- según nuestro citado filósofo: “El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse”. Y allá vamos nosotros, en busca de la llama eterna. Del sacrificio craneal por la mera sensación de la tibia levedad del ser. Sucumbir entre sus piernas, regodearnos de su belleza y adentrarnos en la eternidad de lo vacío. También es nuestro desafío. Claro está: siempre con el objetivo de no extinguirse.
Y sus sueños están minados de cargas explosivas, de posibilidades inconclusas, de reinados convertidos en meros premios a la elegancia o a la simpatía. Y, golpeadas mil y una veces por el cruel mundo de la estética, se propondrán a la metamorfosis. A la sensación de lo real. Al mundo de “lo que es por lo que es” y no tanto por lo que se arma detrás de las armas de un neceser cargado de pinturitas.
Y allí conquistarán los más variados horizontes. Se adentrarán en el mundo de lo empresarial, atenderán una verdulería, profesarán la sensación de la carne fría en un frigorífico, tendrán la esperanza de salir del pozo en la caja de un supermarket. Estudiarán, tendrán su título pegado a la pared, se enlodarán en lo turbio de las calles oscuras, revivirán cada mañana con la necesidad del fin, de lo terminado, del éxodo del ser del ser mismo. Ahí, en el mundo de las reas. Hasta que se les dará.
Y finalmente otra vez las invadirá la necesidad de sacrificado de muchas cosas por el buen gusto. Y se pondrán sus botas altas, montadas en sobriedad. Y los hombres, otra vez, caerán rendidos a sus pies. Y tendrán todo, todo lo que siempre han tenido, perdido y vuelto a encontrar. Salvo la eterna juventud. Y otra vez terminarán vacías, con sus tibios corazones en busca de razones y amores. Mientras tanto, acá mandan las reas.

