A las 17.30 sonó el teléfono. Fue raro el horario y el destino de la llamada. Eso me motivó a escribirte, dejando atrás los preceptos periodísticos y los modos de la tercera persona. Te hablo así porque no me queda otra. Porque no sé cómo contarle a la gente algo que ya sabe y que a mí me toca reproducirlo cuando te fuiste. Voy atrás tuyo. Como fuimos todos siempre. Mi viejo, que tiene 4 años menos que vos, me contó todo. Me lo dijo apretando los dientes, con la voz ida. Perplejo, como si se le hubiera ido un amigo de toda la vida. Me acuerdo que cuando era pibe me sentaba en un almohadón de pana negro y mientras él ponía la música que vos nos regalaste en su guitarra, la profundidad de esa habitación se hacía infinita. Como vos ahora. Como siempre lo fuiste. A las 17.45 mi viejo seguía dándome la noticia en palabras cortadas, en frases medidas. Yo no sabía nada porque el temporal que azotó la ciudad había dejado a mi casa sin luz y sin medios de comunicación. “Pobre Flaco, se lo comió entero”, resumió por teléfono sobre lo rápido que la enfermedad te hizo inalcanzable. “Todavía estoy helado, porque sabíamos que estaba jodido, pero nunca pensábamos que se iba a ir tan rápido”, se lamentó mi viejo. Dos horas después, cuando terminé de digerir la noticia mientras chupaba un mate sin gusto, me dije que a la gente y principalmente a vos, te iba a decir gracias. Y no voy a pensar más que en eso. Gracias por vos y por mi viejo. Sin tu presencia jamás me hubiera conectado con él y viceversa. La música hoy me engaña y si te escucho pienso que no te fuiste. Que no te vas a ir nunca más. Porque por algo hoy sos totalmente eterno. Gracias Flaco, te fuiste, “te comió el mundo”, sin saber que la única injusticia era hacerte inmortal.