[*] La hoja en blanco me deja perplejo. Es siempre un desafío atemorizante, el quedarse sin palabras, sin ideas y no tener nada para escribir. A veces discuto mis limitaciones y las niego, pero al rato de un esfuerzo en vano, el inconsciente me las recuerda cuando adelante mío pongo, con más entusiasmo que ideas, una hoja en blanco.
No temo quedarme sin ideas a decir verdad, temo no poder expresarlas. Temo no hacerme entender. Y la hoja en blanco no ayuda, claro. Debería existir una ya escrita, llena de nimiedades para los lanzados, apurados e impacientes. Y cuando nos sentemos a escribir, quién sabe qué, la vamos modificando con el correr de las palabras. En realidad, ellas la van modificando.
Es que tampoco hay que subestimar el poder de una hoja en blanco. No se olviden que en ella se escribe todo lo que usted pueda imaginar: libros, documentos, trabajos, revistas, diarios, cartas, pensamientos, publicidades, etc. En una hoja en blanco se puede firmar la paz o se puede declarar la guerra. Tan simple y, a la vez, tan complejo como eso.
A veces me gustaría agarrar una hoja en blanco y escribir todo de un tirón. Me imagino que así lo hacían Borges, Arlt, Cortázar, todas esas mentes brillantes que los aficionados a las exquisiteces gramaticales adoramos. También me pregunto si a ellos les costaba, si tardaban, o si les faltaba inspiración en algún momento. No logro imaginarme a Roberto Arlt insultando y arrugando hojas a medio escribir, al grito de “la puta madre con la sintaxis” por una disconformidad generada en un enredo poético de palabras, ideas, entusiasmo y poca parsimonia para su hilado. Claro, si yo fuera Roberto Arlt confiaría en mi criterio. Verdaderamente la hoja el blanco es un tema que me cuesta atravesar.
Mirá si Alberdi, al escribir las bases de la constitución hubiera dicho: “muchachos, la verdad, me abatata la hoja en blanco, que la escriba otro eh”. Y chau. La terminaba escribiendo Sarmiento o Echeverría. Se hubiera quedado con la sangre en el ojo. No le iba a dar el gusto a su enemigo ideológico. Ante semejante responsabilidad, uno tiende a recular un poco, pero no por eso hay que dejar de intentar. Aunque intentar nos puede dejar a nosotros.
Depende mucho también de la importancia que le de cada uno. Para algunos es un cacho de papel y nada más. Para otros es un atractivo espacio en blanco cuya finalidad es plasmar allí las más brillantes ideas, aquellas que la historia y el tiempo juzgarán si son dignas de perdurar o perderse en el pasado.
La hoja en blanco nos atemoriza porque es una réplica del universo: no tiene límites. Es el universo arriba de una mesa. Allí nuestra imaginación puede llegar hasta lugares desconocidos y, por qué no, peligrosos si uno es lo suficientemente curioso. Ese espacio es allí, todo para el escritor y cuanto el escritor pueda escribir. Pero también, es la posibilidad de poner el punto donde uno quiera.

  • Por Nicolás Núñez
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