Quizá me equivoque y haya otro método. Pero hay que escribir. Por decreto, ordenanza, mandato, sentimiento o solamente por ser. Hay que escribir mientras uno se prende un cigarrillo en la parada del micro esperando que se cumpla la Ley de Murphy. Hay que escribir cuando los dedos se retuercen de placer o cuando el seño se frunce de dolor. Hay que escribir buenos días y después buen provecho y al final buenas noches. Solo hay que escribir y acompañado también. Escribir para pagar la cuenta de la luz o para debatir de política y sobre por qué la luz es tan cara. Hay que escribir como señuelo o como lanza. Escribir cuando el regador larga agua y hace una cortina muy fina que empaña la vista. Hacerlo además en sequía. Hay que escribir hasta que el sol entre o se haga todo oscuridad. Mientras pasan las hojas de los libros o se nos pasan los libros hojas tras hojas. Hay que escribir con helado en invierno y con sopa en verano. Hay que escribir tomando el primer mate del día y cuando se cambia la yerba. Sólo hay que escribir y escribir y dejar de escribir para escribir. Escribir para el desasosiego y en la esperanza de que exista. Hay que escribir en la mentira más profunda y en la verdad más dolorosa. Sólo escribir para sacar las palabras que se hunden en el vacío vicioso del quedarse en silencio. Hay que escribir o gritar. Hay que escribir o estallar. Hay que escribir para acariciar o para abrazar. Hay que escribir sin miedo a sentirse vivo o un poco no. Escribir para no quedarse dormido. No mientras se pueda escribir.

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