(*) Estoy terminando de escribir esta carta mientras, aún, la empiezo por tercera vez.

En mi trabajo pasan cosas raras. Llegué y encontré el depósito de colgar del baño adentro de la batea de la cocina. “El mundo ha vivido equivocado” especulé, pero sería deshonesto con Fontanarrosa atribuirme el pensamiento con tanta liviandad; tres funcionarios duros buscando la bolsa escondida en el depósito, todos dentro de un baño diminuto de azulejos blancos de diez por diez le dieron play/rec a esta cruzada de tiempo y espacio. Dos de ellos de cara a la pared donde está el depósito, uno subido al inodoro, con medio brazo dentro del artefacto; el otro, sin poder darse vuelta, casi con la nariz sobre la puerta pintada de blanco mate, hace de campana.

¿Dónde terminaré de escribirte si la resistencia nos agrupa en el desconcierto?

Los tres están solos, sin saberlo. “Meté la mano hasta el fondo”, pide el que está de espalda, casi sin ver absolutamente nada más que sus pies. El que no está haciendo nada se lava las manos, arenga mientras se lava las manos y canta: “Vos sos mi vida, la locura que todos envidian”. El que hace de campana no quiere hacerlo, transpira por lo que no ve y no quiere hacerlo. Su desesperación entró primero y él quedó último. Subido al inodoro, ya salpicado, el que comanda el operativo se pregunta si de verdad estaba ahí. Por un momento sus certezas se pusieron pálidas y el que se lavaba las manos ya se las seca; en un estante hay cinco toallas, todas tienen un número consecuente. La sexta ahora está colgada. Es sábado, todos mueren por una pisca. Una más.

 A veces tengo miedo que la confusión nos abrace, pero de verdad nos abrace, y no podamos ver más nada. Por eso te cuento, te escribo.

El TOC está recogido dentro del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV). Hay muchas maneras de clasificarlos: Lavadores y limpiadores, ritualizadores, repetidores de todas las características. Mientras se concentra en estirar un poco más el brazo, el que está arriba del inodoro sorbe con fuerza entre las comisuras de sus labios: la baba se le escapa por sus costados. El que canta frena y se ríe, arenga: “Vos sos mi vida, la locura que todos envidian”; el que no ve sigue sin saber nada, se enoja consigo, no tolera la idea de que se tuvo que dar vuelta para cerrar la puerta y quedó en orsai, fuera de juego de todo lo que estaba pasando.

Querido, las cosas no están bien. Afuera todo es verso. No sé si te diste cuenta. Hay una orquesta que suena, el barco ya venía medio a los tumbos, pero la música se escucha más fuerte ahora. ¿La oís?

El qué está abajo y arenga flexiona las rodillas cortamente, como en trance de bailoteo. Mueve la cabeza. El que está subido al inodoro saca la mano del depósito y lo mira, también mueve la cabeza acompañándolo y se mete de nuevo en el personaje. El tercero, que no ve, pregunta. Nadie responde. De repente todo es silencio. “Parece que termina la cosa”, piensa excitado, y ve de nuevo su único paisaje blanco. “Vos sos mi vida, la locura que todos envidian”, canta en susurro y se suma y todo vuelve a empezar.

Hace tiempo que no escribo. Sinceramente lo último que me motivó fue el mundial. Después todo se vino a pique. También esta es una solicitud de ayuda, lo aclaro porque a veces lo obvio está tan escondido.  

Es muy poca la paciencia que le está sobrando al que está de espalda. El que se esfuerza arriba del inodoro anuncia que tocó algo, que es inminente el frugal desenlace. El de abajo, el que no hace nada y canta, ahora frena, toma aire, infla el pecho y vuelve con fuerzas: “Vos sos mi vida, la locura que todos envidian”. Inmediatamente pinchado, el buscador desde la leve altura los espeta con un “falsa alarma”. El que no ve bufa y comienza a descreer eso de que “ojos que no ven, corazones que no sienten”. Hace calor, falta el aire, las ganas lo consumen todo y el “Vos sos mi vida, la locura que todos envidian” revota rápidamente por las paredes, impregna el aire, entra por los poros y se alhoja para siempre en las palpitaciones que de haber silencio se escucharían.

¿Vos qué pensás? Me lo pregunto muchas veces, la falta de ping-pong hace que el “ida y vuelta” no sea el mismo ¿Con qué cartas tenemos que jugar? Tengo la panza vacía, comida no falta, pero no llena. ¿Viste cuando tenés esa sensación de que tenías razón, de que no había escapatoria de una u otra forma? Bueno, más o menos así.

El que no hace nada canta, arenga, y le agarra los pantalones al que cuelga, como sosteniéndose. No hay novedades en el frente anuncia, como gesto a la espera. El que está sin ver, el que les da la espalda a la realidad, el que mira la puerta y sus pies, el del horizonte monótono, mate, ya casi gris y húmedo por su respiración anuncia que ha llegado la nueva hora. Se esfuerza por girar, hace que el resto tambalee mientras que el que no hace nada canta, ahora sí, más fuerte: “Vos sos mi vida, la locura que todos envidian”; subido al mástil de ese naufragio, el que pende de su brazo está a punto de caer y el que cambió de posición ahora se ha hecho del todo con una vista nueva.

Ya nada es lo mismo, no hay ficción que me llene ni realidad de la que no dude. ¿En dónde estamos parados, querido amigo? Trato de pensar hondamente sin caer nuevamente en la incordura.

La habitación es un caos, arrancar el depósito con las dos manos el desenlace. El que está arriba ya no es el mismo. Ahora es quien decía que no podía ver y quien buscaba está en el suelo, caído, las piernas mirando el techo; el que arenga ya no entiende. Hay silencio y ya no hay nadie haciendo de campana. Las cosas cambiaron y ahora es quien daba la espalda el que se hace con la idea que era de todos. Baja, con el depósito en sus manos, los ojos inyectados en sangre, el resto se levanta como puede. Dejan el depósito, vacío, en la batea de la cocina. Se van y quien se quedó con la bolsa no la reparte. No está en sus planes.

Me gustaría saber de vos más a menudo, volver a conversar en esta esquina o en la que quieras. No es momento de andar quedándonos callados porque eso ya lo hicimos y mirá lo que nos pasó, y con nuestros propios pares dejándonos sin escapatoria. Escribir me salvó una vez y me cruzó con vos y acá estamos, rodeados ¿Escuchás que la música se detuvo? Ya nadie canta.

 El católico
(*) Columna especial. Promoción de verano, sin postre

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