Refucilos. La habitación, de a flashes, se iluminó por grandes refucilos. Afuera la tormenta perfecta amagó toda la tarde. A la noche, desde la cama aparecieron los muebles con cada pestañeo de luz y sus duras sombras rellenaron las pálidas paredes. Se quedó mirando el contraluz por la ventana, el viento que bailoteaba en las cortinas, algunos árboles, escuchó atento el aplauso cerrado de las hojas. Un rompecabezas de detalles desparramados, visuales y sonoros, monocromos, y la calma de repente se colaba como una coma, un tiempo de pausa, un respiro. La muerte lo asestó durmiendo, cuando la heladera marcó la vuelta a la vida de todas las cosas que no hablan solas, que no cuentan más que ruidos, que necesitan de la luz, esa misma que unas horas atrás lo iluminó todo con su ausencia.

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