La tecnología me dio dos (nuevos) problemas. Uno es el celular, está pidiendo pista y me llegan los mensajes con tanto tiempo de retraso que una urgencia es mejor solucionarla a los gritos. La otra es el vacío que queda cada vez que se termina una serie en streaming.

Hace pocos días mi primo, con quien comparto la maltratada profesión de comunicador –el dildo con el que le gusta jugar a los empresarios y políticos-, me envió por el Messenger de FB un adjunto con un texto en el que hacía referencia a los cambios en la toma de decisiones a medida que pasan los años: Del alto contenido de alcohol en sangre, del lunes pensando en el próximo viernes y boliche, de las drogas recreativas, a los sábados de poca gente, reuniones pactadas, poca improvisación y, claro está, la intervención insoslayable del mundo en streaming.

Él dice que supera el lapso entre serie y serie con otras actividades recreativas: en este último tiempo escribió, tocó la guitarra y posiblemente tuvo que interactuar consiente con otros seres vivos. Pero ¿qué pasa con esa grieta que se abre y separa el fin de una serie de 6 temporadas y la aparición de una nueva actividad?

Desde hace dos años, tiempo en el que experimentamos el boom y la expansión del mercado de cine y series por streaming, sean por la vía legal o al viejo estilo británico, sigo piezas que son, según mi calificación, de las que se pueden ver mientras uno hace cosas en casa y las otras en las que debe frenarse todo para ser parte del entramado de la historia: Elementary se puede ver mientras uno cocina, barre o se puede seguir en el baño con la puerta abierta. Pero Sherlock, que tiene una base en los libro de Arthur Conan Doyle merece una atención particular, uno se hace de su estética y ahí es cuando la serie toma cuerpo. Games Of Thrones jamás podría verse mientras el cotidiano interrumpe. Lo mismo pasa con The Killing o Narcos, con DareDevil y Jessica Jones, con Breaking Bad. Pero The Last Man on Earth, The Big Bang Theory o policiales como CSI dejan ese margen para poder ver y ser parte de la vida circular.

Miro muchas series. Solo o acompañado. Debo reconocer que son muchas, aunque las tengo organizadas de manera que una no se pise con la otra. De esta forma puedo ocupar ratos de ocio de manera estratégica sin perder espacio para la familia, el estudio y la lectura.

Y entre tanto listado y cronograma: hay vacío. Es que las series terminan o se ponen en modo “continuará” por muchos meses. Y justamente ese hoyo, ese buraco que irrumpe en el tiempo, comienza a formarse cuando uno va por la mitad de la última temporada en curso. Ahí es cuando, y como se diría en el barrio, se te llena el culo de preguntas.

A mí me pasa que retraso el final, lo voy mechando con otra serie que recién comienzo, trato de sacarle el ojo al conteo definitivo mi serie favorita. Y cuando la crónica anunciada termina por caer en su lógica, se va, dice fin, continuará, sólo queda esperar así, bañado en la nada, como quien espera al amor que se siente verdadero y ya no está. Por eso cuesta volver a empezar, darle crédito, confianza, fe, a la próxima posibilidad.

Me niego a veces, incluso, a mirar con buenos ojos a una buena y nueva producción. Y como respuesta me paso muchos minutos subiendo y bajando por el listado de series, viajando sin rumbo fijo, naufragando, hasta llegar con la excusa como remo a esa última temporada que me enamoró, y rozo la imagen de venta como quien acaricia el recuerdo en una fotografía, reviso escenas en mi mente o, si la suerte me acompaña, espoileo a un amigo; insisto en no dejarla ir.

El tiempo que hay entre la serie que termina y una nueva ocupación convierte a un hombre en miserable. Esperar que todo vuelva a ser normal es una idea tan estúpida que, de sólo pensarla deja a uno al borde de la entera realidad y termina por dejarse llevar por un estado de stand by; uno sabe que el motor está en marcha, pero no avanza.

Y una noche te acostás sin saber qué ver, te levantás sabiendo que no hay nada y aparece un amigo que te invita a cenar y salís de mala gana, hay una ocupación que los vincula, y la reconexión con el entorno se vuelve a materializar y sentís el sabor amargo pero el vacío empieza a abandonarte y vas a la calle a caminar otra vez y ¡qué bueno que es el sol cuando te pega en la cara! Y en un bar de una esquina escuchás que alguien está emocionado y habla de una nueva experiencia y que es más profunda, y llega una primavera inesperada: se renovaron todas las temporadas y florecieron mil jazmines, nunca más los volveré a ver.

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