Si el sonido del torno del dentista despierta ciertos temores, ver las caras de los pacientes en la sala de espera levanta muchísimas más sospechas sobra la valentía que habita dentro de uno. Buscar un gesto complaciente de aquel que sale del consultorio es una solución en vano, porque él ya se hubiera ido a la casa mucho antes de pedir un nuevo turno, incluso antes de haber entrado. Debe estar ahí y no tiene nada para darte.

Por eso una vez adentro no hay gestos de los que sostenerse. Caras de dolor. Caras de póker. De “Yo me la banco, por eso estoy acá”. Porque no hay motivo para ir al dentista más que el de ganarse un depósito extra de valentía. Un aguinaldo de poder. Un plus. Ir y superar el cagazo parece que da jerarquía.

Es que todos los motivos que existen, o existieron, desaparecen o no sirven de excusa para no ir, ya que el ser humano tiene que enfrentarse, sin condicionantes, al dentista. Como un Vikingo, que no puede escaparse de la lucha si quiere ir a Valhala. Pruebas de fuego. A veces ciertas sangres han de llegar, con justicia y justeza, al río.

¿En qué ocupa sus miedos una persona, en un consultorio, si no es midiendo el miedo de otros? En todas las cosas menos en saber que está ahí. Porque valiente es aquel que sale del turno con su medalla de “sobreviví”. El que espera lo hace con la mirada perdida, casi con felicidad automatizada y con el culo apretado. Sino qué motivos tiene, más que el miedo y la desesperanza, para leer, ida y vuelta, una revista Para ti del año 93.

Si no es por miedo, no hay necesidad de ir acompañado al dentista. Pero el ser humano es eso. Ir y hacer el sin sentido. Apostale a que hace lo contrario y la ganás. Por eso el miedoso va acompañado al dentista. Donde hay que ir sólo va de a dos. La valentía también se gana si es en patota, parecería ser la afirmación de los tiempos que corren y en las tribus de rugbiers.

El miedo no es el motivo por el que las viejas van ahí. Ellas van a ostentar poder y escuchar conversaciones ajenas. Dudo que se traten dentro del consultorio, sólo están para ver el sufrimiento previo en los gestos de los que van acompañados o los que leen la Para Ti. Y así como saben qué maquinita está a punto de estallar en el bingo, huelen el miedo como un perro adicto que busca drogas en las aduanas.

También están las madres, que quebrantan al niño tironeándolo del brazo. Las madres sí saben que al dentista hay que ir acompañado. Por eso ellas llevan a sus hijos. Y sus hijos saben que no hay que ir al dentista, lo saben porque no tienen miedo. Y es bien en el centro de la sala de espera donde nacen todos los miedos del niño. Y con las madres tironeando de los brazos. El padre acompaña de lejos, desde el auto, mientras escucha música o se queja de las noticias en la radio. No entra porque tiene miedo.

El niño ya sabe que la próxima vez que vaya será grande. Y entrará para sacarse el miedo que implantan las madres que ahora son viejas y los padres que no van al dentista. El niño también volverá de padre. Pero ya sabiendo que hay miedos que no enfrentará dos veces. Por eso espera adentro del auto y exige a su esposa que haga hombre a su hijo.

El dentista es un señor pelado, chueco, con un ojo torcido y labio leporino. La dentista huele bien, es bonita, tienen manos suaves hasta con guantes, se destaca. Pero es dentista.

Viven entre elementos que alegan ser herramientas de trabajo: Una sierra para quien trabaja de torturador no es una sierra. Por las noches un dentista cena con viejas. Ellas saben qué cosas dan miedo: “la muerte” le dicen al oído al dentista. “El tiempo”, le susurran. Por eso el ruido del torno se escucha fuerte. Por eso la secretaria te da turno para las 19 y te atienden a las 20.

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