Virginia ya me había dicho la noche antes que se iba a ir más temprano. Tenía que firmar el boletín de Catalina y de paso (ella y todos sus de paso) comprar algunas cosas para la casa.

Cuando me desperté ya no había nadie, sólo algunas huellas de la vida cotidiana: el cepillo del pelo arriba de la mesa, algunas tazas sin lavar y la luz del sol que rebotaba contra el suelo y se perdía en el blanco de la pared.

Me cambié y salí a esperar el micro que me llevaría, minutos después, hasta la esquina del trabajo. Cuando bajé escuché murmullos fuertes, una discusión desafortunada de viernes sacudía a una pareja de jóvenes de unos 27 o 28 años.

Ella lo miraba fijo y de vez en cuando improvisaba una respuesta con el cuerpo que, finalmente, no salía. Él era más gestos que palabras hilvanadas. Las entonaciones más fuertes las acentuaba moviendo los brazos hacia abajo, como cuando uno baja el mercurio del termómetro antes de tomarce la temperatura, y su voz, su voz aunque sonaba enojada no tenía prácticamente volumen. Ella miraba. Yo también, quería saber de qué se trataba la pelea, así que crucé al kiosco a comprar yerba para extender el tiempo de espectador.

El parecía estar agarrado a sus movimientos. Ella era contundente con los gestos del rostro. Punzante ponía cara de “am, qué hambre” cada vez que el movía sus manos, sus brazos, sus codos y pisaba el suelo de forma exultante.

Veintisiete fueron las palabras que ella uso para silenciarle el cuerpo. Veintisiete fueron en total porque las conté en esos cincuenta metros que me quedaban para llegar al trabajo. Fue todo lo que dijo y sin una sola expresión. Él no supo qué parte del cuerpo mover, así que se quedó paralizado.

“Estamos en un momento de la vida en que tenés que entender que soy esto, que somos esto, aceptalo o busquemos otro camino así no peleamos más”, dijo y agarró una mochila que tenía entre las piernas y se fue. Veintisiete fueron sus palabras. No necesitó explicarlas. Él la alcanzó y se puso a la par. No volvieron a discutir. Caminaron en silencio.

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