Últimamente en el único lugar en el que escribo es en el consultorio del dentista. Y le digo dentista porque te hacen pedir un turno con tantos días de anticipación y terminan atendiéndote cuando quieren, que pierden el estatus de odontólogo. El fastidio se convierte en motor.

Virginia me dice que me quejo por todo, que los consultorios son así, que ella está embarazada y no por eso se vive quejando. Pero no es cierto, yo la escucho. Y mientras ella me ve bufar y hace ritmo moviendo los pies con el Indio que grita “vamos las bandas” por la radio, pienso que en verdad no vamos nada y que acá vamos a estar clavados un tiempo que a esta altura parece una eternidad.

Hablamos del embarazo y la nena, gastos y deudas y que en Argentina, siempre, todo es más complicado que nunca; que la guita no alcanza, que todo está en una especie de “caput” y parece que el país se va a la mierda en cualquier momento; maldecimos a las autoridades y a las dirigencias políticas que hablan de los trabajadores, los humildes y desposeídos con pelajes que valen muchos almuerzos y cenas familiares; que todo se mide en plata, la corrupción es un cáncer, que ahora se puso de moda descorcharle la cabeza de un balazo a un “rocho” o pasarlo por arriba con un auto porque la Justicia no hace ni goma a un problema que no es de cuna sino de fondo, mientras un presidente dice que el que mata pero es buena gente, en un país desesperado por la violencia y la inseguridad, debería espera junto a su familia y no en una cárcel, ese mismo presidente que tiene cuentas bancarias que parece que son legales pero que todos coinciden en que no son éticas; hablamos de que ahora también apareció un dragón metálico en el patio de la casa de un exfuncionario provincial de la gestión anterior, en el que estaba escondida una caja fuerte con presunto cloro para una pileta, otro personaje que se sumó a los bolsos y López ¡y las monjas que los parió!, un exvicepresidente que tenía una casa que se puede medir en metros cúbicos y que un viento se la llevó, y ¡Lázaro levántate y anda! y Fariña que da clases por TV de cómo se lava dinero.

En el medio el fulbo está cada vez peor, volvimos a ser el país que le pega a la pelota para arriba y son figuras los centrales y los técnicos mediocres en la selección que suman de a 4 en dos fechas y no de a 6, ¡y decí que todavía no sacaron el Fútbol Para Todos, porque si no hubiera rodado más de una cabeza! Acá las cosas son así, el Estado te paga en negro pero dice que es una suma no remunerativa y “!chito la boca, tendrías que estar agradecido!” y la obra social no te cubre un carajo de nada y te peleas con todo el mundo porque esto parece más un quilombo que un país con buena gente.

“Decí que nos tenemos a nosotros y que estamos juntos y bien”, nos esperanzamos con Virginia, apoyando las manos en la panza de 18 semanas y gracias a un remolino de hija de 6 años que todos los días nos da un motivo para no irnos a la mierda, o sea a un lugar donde jamás podríamos ir porque somos empleados con sueldos que cubren de pedo los gastos de los servicios y la comida mensual, al igual que gran parte del 49 por ciento de los compañeros militantes y la otra parte de los tantos que antes eran del grupo de los compañeros y ahora son los enemigos, los globoludos.

Volviendo, para no irnos de tema: Antes de contarme de su amiga Mariana, Virginia me mostró un chiste de Internet que me sacó el fastidio: Resulta que una mujer quiere ponerle “Cornudo” a su perro para llevarlo a la plaza, llamarlo a los gritos y ver cuántos hombres se dan vuelta. Parece que es posta, viene de Facebook.

Mariana vive en Nueva Zelanda desde hace casi diez años y es amiga de Virginia desde hace veinte. Vive lejos de su tierra, en un país tan remoto que está fuera de nuestro tiempo, al punto que hoy, allá, es mañana y que cuando acá es Navidad allá están viendo qué organizan para Fin de Año. ¿Será un mito que el agua de los inodoros da vuelta al revés, como dicen Los Simpsons?

La amistad con Mariana se apuntala con conversaciones diarias, a contra reloj y con raros “buenos días/buenas noches”, en un grupo de amigas en WhatsApp que merecen un tiempo de escritura aparte por lo picaresco de sus personajes. Mariana se mudó hace pocos días, pasó de vivir en Gisborne a Hamilton, que se escribe igualito que el apellido del periodista de la revista Un Caño, conocido por mayorías como el Natural, apodado así en la televisión de los medios de la Década Ganada.

Mientras esperamos a que el dentista atienda sobreturnos, método por el cual todos nos retrasamos en nuestras vidas y él gana con nuestro tiempo y dolor los bellos momentos que se ven en los cuadritos torcidos en la pared, Virginia me hace ver por un video multimedia la casa donde ahora vive su amiga con marido y su hija que da los primeros pasos. Es un lugar luminoso, bien distribuido, con dos habitaciones, servicio y ducha separada, construido en un desnivel que le da espacio a una especie de deck que oficia de balconcito, una cocina con un pequeño desayunador y una puerta que dirige a un patio parquizado, un lindo lugar, común y sin lujos, donde pasar horas de ocio con la familia.

Miramos el video dos veces, una como novedad y la otra porque lo pedí de chusma, para corroborar la duda que me saltó a la yugular con la velocidad con la que lo hace un animal feroz sobre una presa indefensa. Fui directo a lo que realmente importa. “¿Y la parrilla?”, le pregunté en tono inquisidor a Virginia. “Parece que no tiene”, dijo como quien da una respuesta fofa, obvia y aburrida. Y yo quejándome porque el dentista me hace esperar más de la cuenta.

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