Desde anoche una tormenta se arma y desarma en un cielo partido en dos. Las nubes como grandes pompas de algodón de un lado; una cortina negra del otro. De a ratos pequeñísimas lágrimas viajan con el viento. La arena es testigo de un suicidio en masa, y mis lentes de verte de cerca. En la costanera, al fondo del horizonte, adonde aún no termina el mar que empieza después de la espuma que quedó en la punta de mis pies, la tormenta es una fiesta que incluye relámpagos y temerosos ruidos que, en su postal completa, no es más ni menos que la inmensidad de una emoción liberadora.

En un banco, después del mediodía, una adolescente se sienta y llora. Su desconsuelo y el tiempo se asemejan. La veo hablar con un teléfono. Y llora. Llora desconsoladamente mientras las olas engullen todo y el viento desconcertado gira sin saber hacia dónde ir. Llora mientras habla por teléfono y no se le entienden las palabras. Finalmente es una niña envuelta en lágrimas. Y llora y es tan grande el paisaje como la soledad que envuelve a esa joven, de espalda al mar. Sentada, con el cuerpo semidoblado. Así, como te dobla el Estado y la desesperanza.

Estoy fumando un cigarrillo a deshora, vine a ver al mar y a la lluvia. Como lo hacía de chico, en verano, cuando el clima nos encerraba y me escapaba a la hora de la siesta para meterme al mar en plena tormenta. Nada me hacía sentir más vivo.

Un auto frena. La niña grita un llanto definitivo y un joven baja. El misterio de un abrazo desploma cualquier tormenta. La niña que llora tiene los labios rojos. Hinchados de palabras dichas en soledad. “Gracias por venir a buscarme” dice sin soltarlo, apretándose al refugio. “Para eso existen los hermanos, para amar mucho a las hermanas”, responde él, que ahora es silencio y horizonte.

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