Cuando Roque se quedó sin plata vi a mamá tomar malas decisiones. Roque por ese entonces tuvo que dejar de trabajar en el taller porque la Policía ya le había dicho muchas veces que no se podían raspar los numeritos esos que vienen escritos en los motores. Por lo que contaba mamá, ahora estaba “guardado”.

Roque era, de por sí, una maquinita de malas ideas y mi vieja, escuchándolo, formaba parte de una de sus tantas malas decisiones. Por eso cuando mi vieja le contó lo de los billetes triturados en la puerta del Banco Central y escuché decir a Roque la palabra Asperger, que hasta ese momento desconocía, supe de movida que nada iba a terminar bien.

“Una empresa para rearmar los billetes que el Banco Central tritura, eso es lo que tenemos que hacer Marta”, dijo convencido Roque. En una mano tenía un lápiz negro y en la otra un bollito de papel en blanco que estiró con la palma de la mano y después escribió: “Se busca pibe con Asperger, de 8 a 10 años, con amplia disponibilidad horaria, para tareas de ensamblado”. Mamá guardó el papelito y se fue de rompe y raja a la imprenta del barrio, donde se hacía -hasta antes de los allanamientos- la revistita de compra venta y clasificados.

Roque sabía que al principio todo iba a ser inversión. Que los primeros billetes que salieran armados iban a estar destinados a poder conseguir otro pibe más y así ampliar la producción. Marta era más soñadora y, mientras Roque pensaba en el Flaco Lillo como un posible socio accionista para una empresa que aún no había empezado a ver sus primeros días, soñaba con viajes a La Costa y comprar pulóveres en Mar del Plata, una vida de lujos y excesos que siempre quiso y se le negó.

El éxtasis del primer día de entrevistas hizo que Marta esté más nerviosa que otras veces. A mí me retó más de una vez por cosas que ni siquiera había hecho. A las 11 iba a estar todo listo para atender a los aspirantes, por eso a las 10.30 ya tenía los vasitos con bombillitas servidos, galletitas Melba en un plato de cumpleaños arriba de la mesa y algunas servilletas de papel. Roque miraba todo apoyado en el marco de la puerta, se sentía pleno y orgulloso de una idea revolucionaria que, por lo que él decía, iba a ser “lo que se viene en los mercados”.

A las 11 decidí finalmente salir a la calle y me senté en una de las columnas que sostiene la verja que da al frente de la casa. Vi madres e hijos caminar por la vereda y casi me convenzo que finalmente Roque la había pegado en una. Pero a las 12 el éxito se había convertido en un Roque que iba y venía de la casa a la vereda.

Cuando el patrullero se estacionó en la puerta de la casa y bajó un policía con una revistita de clasificados, yo ya había perdido el interés por los negocios familiares y estaba colgado arriba del árbol, donde me quedé viendo las explicaciones de un Roque que veía caer a su hijo como un castillo de cartas en una tarde de viento. “Lo de los pibes con Asperger sólo tiene que ver por una cuestión de concentración, oficial”, decía mientras dibujaba un circulo en el suelo con la punta del pie. Para las 13, dos patrulleros, 6 policías y mi vieja a los gritos pidiendo la dirección de la comisaría donde se iban a llevar a Roque, yo me había dado cuenta -por la cara de mamá- que no iba a haber pulóveres nuevos en invierno.

Creo que la vieja se resignó del todo cuando, a la noche, le avisaron que Roque se iba a quedar adentro. Después de colgar el teléfono se sentó a llorar en el sillón de cuerina que está en una de las esquinas de la casa. Yo miraba y no la tele, porque después de todo la que lloraba era la vieja. Luego de una cena de silencios cortados por sollozos me encerré en la pieza, alguna decisión tenía que tomar porque, ahora, era el hombre de la casa. Entonces abrí la bolsa, descubrí con la uña el comienzo de la cinta adhesiva y me hice cargo del negocio familiar.

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