Hasta hace unas semanas vivía en tu ordenador. Hoy guarda un violento número de indiferencias, motivo por el que decidió volver a su país de origen: la Ucrania natal del León Trotsky, Daria Werbowy, Asher Ginzberg o Andriy Shevchenko, personalidades destacadas de la vida en Kiev, Jarkov o la fabril ciudad de Donetsk.
“Es imposible progresar acá, los argentinos son unos virgos, prefiero volver a vivir bajo los puentes del río Dniéper”, dijo la pálida belleza de ojos grises y espigada silueta como el trigo de verano. “Al final, acá nadie quiere coger”, manifestó atesorando con fuerza el boleto que la llevaría, más tarde, hasta el Donetsk Sergey Prokofiev International.
Acá, en el Aeroparque Jorge Newbery dejaría finalmente la magra felicidad de un país con instintos norteamericanos pero de estética parisina, paraíso prometido en folletos y slogan de campaña que vio por YouTube tiempo atrás. “Te prometen, casi que te amenazan con que te van a descoser la cajeta y, nada, se pasan de pajeros”, se queja con lágrimas en los ojos.
De historia comerciante en el helado río Dnipro, siempre quiso dejar atrás el emprendimiento familiar de la pesca y la cocina tradicional. Es por eso que apenas cumplida su mayoría de edad consiguió llegar a tierras planas de la pampa húmeda y se estableció en un pequeño suburbio llamado Ezpeleta.
“A mí hay una sola cosa que me gusta, estaba asqueada de vivir en medio del olor a tripas de pescado y caldo Borsch; vine acá para comerme un buen chorizo, un jugoso y chorreante chorizo”, relató, con poética esperanza en medio de una ensangrentada derrota.
“Criminal mambo” es lo que suena en su mp3. Se escucha aún porque olvidó apagarlo mientras nos intentamos desinhibir en la charla. En su brazo, a tres líneas y en un fileteado tan cuidado como la estética barroca, hay un tatuaje nuevo, se nota por la piel hinchada y las incipientes escoriaciones: “Vivir sólo cuesta vida-#MacriGato” dice la inscripción que ahora llevará para siempre como pulsera. “El indio Solaria, papá”, cuenta en un argentino ucranizado, mientras se pone vaselina en la herida para que las finas líneas no se cortajeen.
La tremenda crisis que le arrebató el sueño no empezó hoy, con el desbarajuste económico que produjo la neoliberal propuesta de gobierno de Mauricio Macri. Ella llegó con la primavera Kirchnerista, la bonanza de la obra pública y la poderosa e idílica temporada de protagonismo de la juventud universitaria.
Nunca pudo ajustarse a la economía. Si bien le decían que el país era estable, ella daba cuanta en el mercado que la gran mentira venía por el lado de los precios. “Acá son todos unos putos, te venden la comida como si fuera oro y los Chinos te apagan la heladera. Este país es un descontrol por los bolitas y paraguas que te quitan el trabajo”, comentó de aquellos primeros años. De la actualidad aún no se encontraba firme para opinar, cada vez que intentó esbozar una mirada actual su voz se quebraba y sólo atinaba a decir: “Aranguren y la puta que te parió, son todos garcas”.
“Mamis calientes cerca de tu casa”. Ella empezó el emprendimiento. Después se asoció con un gurkha de la marginalidad bonaerense y a esa página se le sumó “Vecinas que quieren coger cerca de tu ciudad”, una idea expansiva -presentada en forma de gif y de manera viral en las páginas de un submundo on-line-, que también traía la sociedad de varias europeas con una extraña y oscura documentación.
“Viví buenos dos año, mientras estaba sola. Se cogía poco, pero como la calle era insegura prefería hacerme la paja por camarita. El sistema era simple, por tarjeta de crédito, y aunque el sistema de posnet funcionaba muy mal, la ganancia hacía que me ahorre los viajes; para mí eso era importante, no había chorizo jugoso pero significaba ponerle carne al menú del mes y no tener que subirme al tren que va a Constitución”.
No había protocolos ni estándares para definir la belleza, casi de porcelana del imperio Ming, que se podía ver detrás de esa cara lavada por las lágrimas de la tristeza de un sueño sin cumplir. “El cable está carísimo, dependo de trabajar con internet y te rompen el culo por 5 megas del orto, se corta la luz tres veces por semana, dejé de comer fideos Don Vicente y ahora tengo que comprar Mazzola, al final el cerdo está igual de caro que la carne y ya me van a salir alitas de tanto pollo que le meto. Ni fruta podés comprar. Resulta que comer sano es una mierda, porque sólo comen sano los ricos. Así, a ese ritmo, fundí biela en menos de un año. No me queda otra que irme de acá”.
Lo de las páginas porno fue una decisión premeditada, cuenta. “Mi sueño siempre fue coger y ganar plata”, su pasión se hacía verbo y se notaba la certeza en su voz, como cuando el Pelusa decía que su sueño era ganar un mundial mientras hacía jueguitos en un potrero.
“Hoy vuelvo con mi familia, a mi Ucrania natal, que tiene más sentido que vivir en Argentina, país que extrañaré no por su calidez acogedora, sino por lo sincero que son para meterte un dedo en el orto mientras te están dando matraca por atrás, lo que no se condice con lo mierda que son como gente”, dice sobre el final de la charla.
Ucrania, de poderoso atardecer boreal, jamás alcanzará la belleza del verano conurbano y sus piletas de lona en la vereda. Ella ya aborda una masa de hierro que nada tiene que ver con aquel primer vuelo a la ilusión. Hoy Argentina es tierra de promesas, importaciones de partes de computadoras, paritarias que no alcanzan y acuerdos mineros símiles a la época de la conquista. Atrás, muy lejos de ella y de todos, enterrados por la mentira multimedia, se funde en el recuerdo la primavera, la de los precios culiados, y se guarda amarga entre juguetes perdidos.

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